Páginas de Cultura de Paz y No Violencia

388. Para una cultura de diálogo

Holguín, Cuba. La historia de la humanidad es como el paseo de un loco que repite una y otra vez su maniático recorrido y, si bien con el tiempo incorpora ciertos complementos al escenario, persiste el paseante en las destemplanzas con que acomete su jornada. De modo que, hasta ahora, ha sido un itinerario de prejuicio, intolerancia, hostilidad y violencia. Muchos de los conflictos que tienen lugar en nuestra casa, nuestra barriada, nuestro país o en grandes zonas de nuestro mundo tienen su origen en la obstinación de hacer prevalecer unos intereses y criterios por encima de otros. Siempre hay una parte que está convencida de ser portadora de la verdad y, por tanto, poseer los derechos para actuar sin tener en cuenta lo que piensan, sienten o necesitan los otros. De modo que los dilemas se tratan de resolver por la confrontación mejor que por la concertación. Ante esa recurrencia al enfrentamiento, que se vuelve cada vez más sistemática, numerosa y de resultados letalmente nefastos, es urgente que desarrollemos una cultura del diálogo.
Es imprescindible rescatar el núcleo benéfico del concepto de civilización, con una mirada ecuménica, integradora y humanista. Civilización es el adelantamiento de la cultura, las artes y las ciencias para que el ser humano viva de modo más decorosamente humano en armonía. Debe recordarse que este término está relacionado por su origen con otras palabras fundamentales para el desarrollo de una cultura de paz y concertación, tales como civil, civismo, civilizar, ciudadano, etc. En todos los casos se refería a una actitud conciliatoria, respetuosa y constructiva respecto a los otros habitantes de la civitas, la ciudad que dio origen a todo lo demás. Porque el hecho de que convivan numerosas personas en espacios delimitados impone necesarias normas de tolerancia y buena disposición. Estas permiten solucionar determinados dilemas de modo civil, civilizado, con civismo, es decir, sin menoscabo ni daño de parte alguna.
Sin embargo, no se puede estimular una cultura resolutiva, edificante, desde una mentalidad inflexible, unilateral, impositiva, discriminadora. El gran cambio en la sociedad solo se producirá, no como resultado de nuevos métodos y medios educacionales, sino como producto del desarrollo de otra mentalidad en el individuo, o sea, del contenido y la visión de esa educación. Esto significa considerar al otro nuestro semejante, a pesar de diferencias de raza, sexo, religión o ideas. Que alguien sea o piense de modo diferente no implica estrictamente que sea un enemigo. Es difícil entre seres diferentes no hallar siempre algún punto de concordancia desde donde se pueda avanzar en el diálogo. Una mentalidad dialogante debe tener un carácter humanista, tolerante, ecológico, creativo, pacifista. Solo una mente así servirá para resolver las contrariedades que inevitablemente deben surgir en un espacio habitado por siete mil millones de seres complejos y diversos. Solo el diálogo proveerá el clima y los medios para solventar las crisis antes que enconarlas, agudizarlas y perpetuarlas.
Tal actitud solo es posible si se existe una voluntad afirmativa, cooperante, de evitación y resolución incruenta de los conflictos. Esto conlleva un comportamiento dialógico. De manera que el diálogo deviene el modo y agente de cualquier proceso verdaderamente reparador de las dificultades de la humanidad. Recordemos que dialogar es sinónimo de compartir. Es necesario que tengamos el sentido de la solidaridad que nos lleva a compartir ideas, sentimientos, voluntad, propósitos constructivos.
El diálogo es reflejo del carácter cambiante, relativo, interactivo de los procesos vitales. Reproduce, como manera de pensar y de ser, la movilidad, la transformación, la concordia de los fundamentos distintos de la vida.
El diálogo no presupone ausencia de conflictos. Sería irreal más que ingenuo pensar en una existencia sin obstáculos y actitudes contrarias. El anhelo de desplegar en amplitud nuestras potencialidades humanas y el deseo de conseguir nuestros más inquietantes sueños nos enfrentan ineludiblemente a sucesivas y constantes dificultades. En determinados ámbitos, los anhelos y sueños de unos chocan contra los sueños y anhelos de otros. Lo significativo no es la desaparición de los conflictos sino el desarrollo de una actitud comprensiva, afirmativa, dirigida a la solución antes que a la exacerbación y complicación de los problemas.
En las acciones dialogantes debe evitarse, cuando menos, dos posiciones nefastas. Una es que una parte crea que tiene la razón cuando en verdad solo puede portar otra perspectiva u opinión. El que se cree en posesión de la razón se coloca en un pedestal de terquedad que obstruye ver cualquier otro matiz posible. La segunda actitud nociva resulta de que una parte se considere la víctima. Es difícil establecer una negociación fructífera con alguien que anticipadamente se aferra a una postura que pretende saldar deudas, escamotear responsabilidades, achacar causas, antes que concertar nuevos enfoques. No se puede dialogar desde una posición de pérdida pues no se plantean argumentos sólidos y creativos sino “quejas” y “lamentos” que buscan conseguir una ganancia inmediata y pírrica.
El diálogo, más que a decidir una postura conveniente de entre las que se ponen a debate, ayuda a encontrar una nueva posibilidad incorporando los mejores argumentos de cada parte. Por eso dialogar en verdad es siempre fructífero pues cada cual verá que ha colaborado con un grado de solución. El diálogo aspira a la fundación de una plataforma novedosa y sólida. Incluso cuando no se halle en lo inmediato un resultado beneficioso y factible queda un espíritu de construcción y cooperación. Es la actitud dialogante la que hace posible la concordia social. No es tan indispensable concertar como actuar desde una disposición concertadora. En ese espíritu, toda acción propenderá a una salida positiva y equitativamente benéfica.
Para que se pueda realizar el diálogo son necesarios el respeto al distinto y la libertad. Si no se considera a cada cual como un semejante con iguales derechos no se podrá dialogar. Resulta muy útil recordar al Benemérito de las Américas, cuando enunciaba aquella regla de oro para la concordia humana: «Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz». Notemos su inclusión en igual rango tanto de los sujetos individuales como los conglomerados humanos que llamamos naciones. De esto deriva otra condición, la absoluta libertad para expresarse. No se puede dialogar con reservas o sin la posibilidad de exponer de forma honesta, aunque correcta y civilizadamente, nuestras posturas. Por el sentido de respeto al otro, mi libertad no puede limitar la del otro. De esto se deduce que es fundamental la igualdad. Quienes dialogan son semejantes no por los puntos que ventilan sino por el derecho a ventilarlos sin cortapisas. Esto hace indispensable el aire de la tolerancia. Hay que considerar y permitir ese espacio de diferencia.
Por último, no se puede, dialogar solo a partir de opiniones y criterios personales. Estos dejan cabida para clichés y prejuicios. Se precisa información, datos, conocimiento, que alimentan el razonamiento y lo impulsan a zonas de certidumbre y eficacia. Es necesario un equilibrio de sensatez y sensibilidad para que el esfuerzo no sea inútil. Los diálogos son sustancialmente provechosos cuando tienen lugar a un nivel análogo de inteligencia.
Dialogar no debe consistir en una convocatoria o un procedimiento eventual. Es una filosofía de vida que deriva de ver cómo todo cuanto existe en el universo está constituido por elementos disímiles que una y otra vez armonizan para lograr ser. Por tanto, debe constituirse en modo permanente de asomarse a y pensar la realidad así como de actuar consecuentemente en ella. Solo por y desde el diálogo el hombre algún día dejará de ser el lobo del hombre.
Manuel García Verdecia. Radio Angulo.cu. 25/11/2011