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789. Sobre la enseñanza de los Derechos Humanos

Sin duda, un fantasma que aún persigue la docencia y la enseñanza jurídica es el miedo a enseñar verdadera teoría jurídica. Muchos estudios para la enseñanza del derecho en México permanecen estáticos, anclados a una realidad superflua, ajena o inconsciente de lo que sucedía fuera de las aulas. Dejan al lector un sinnúmero de conceptos abstractos, de imposibilidad material para concretarlos a una realidad determinada. Bien decía Kant hace más de un siglo: “tal vez eso sea correcto en teoría, pero no sirve para la práctica”, “Esa máxima —que ha llegado a ser bien común en nuestros días, tan abundantes en dichos como parcos en hechos— ocasiona el mayor daño cuando afecta al ámbito moral (al deber de la virtud o del derecho), pues se trata ahí del canon de la razón (en lo práctico), donde el valor de la práctica depende por completo de su conformidad con la teoría subyacente.” [1]
Sin duda, existe una fuerte reticencia en los espacios de desarrollo profesional jurídicos hacia el verdadero aprendizaje de la teoría del derecho. Se considera que ésta no sirve o se encuentra muy alejada de lo que realmente sucede en la práctica. Los derechos fundamentales no son la excepción. Nos encontramos ante una grave crisis de legalidad y de inseguridad ciudadana. Hoy más que nunca, la seguridad ha sido el presupuesto fundamental sin el cual, cualquier Estado Constitucional tiene su funcionamiento, incluso, sin importar las consecuencias del otorgamiento de esas libertades al antiguo Leviathan protector de los súbditos. Las instituciones se deslegitiman y desprestigian ante la grave ola de inseguridad y descrédito de la esfera pública.
Precisamente, los momentos de crisis deben ser áreas de oportunidad hoy en día para reivindicar los derechos fundamentales, y no lo contrario. De acuerdo a la última Encuesta Nacional de Cultura Constitucional, elaborada por especialistas del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, casi el 30% de la población está de acuerdo en la violación de derechos humanos en contra de los “delincuentes” (la mayor parte de quienes tienen esta opinión son jóvenes de 15 a 19 años), con el fin de llevar a cabo averiguaciones de determinados delitos. Sostener que los derechos fundamentales son un capricho de ciertos ciudadanos, o un obstáculo para realizar los fines de seguridad ciudadana, constituye un disparate que representa uno de los últimos argumentos de las maquinarias totalitarias del siglo XX.
Parece irónico, pero han revivido las autocracias disfrazadas. Hace unas semanas se ha descubierto que el Gobierno del país más poderoso del mundo, espiaba cuentas de correo electrónico de varias personas de todo el orbe, únicamente por sospechas o rumores de que podían tener vínculos terroristas, sin ninguna clase de autorización judicial. La Ley Patriota, publicada en aquel país después de los acontecimientos terroristas del 11 de septiembre, ha sido un aliciente para violar de manera sistemática los derechos humanos en nombre de la seguridad nacional. La base más importante del país se encuentra en la Habana, Cuba (Guantánamo), y permite la tortura de cientos de presos extranjeros, sin derecho a un juicio justo y donde se respete el debido proceso.
La crisis financiera mundial del presente siglo ha sido la más importante de todas en la historia. Ha dejado en la pobreza a millones y el poder financiero desplaza rápidamente al poder político en la toma de decisiones más importantes. Se construyen democracias, pero sin ciudadanos, pues el capital manda y dirige desde el más mínimo asunto económico hasta el gasto en la política pública, decidiendo prioridades. En este contexto, resulta complejo hablar de derechos humanos y que éstos sean una realidad para los millones de personas en pobreza extrema y que padecen hambre no solamente en México, sino en el mundo entero. No podemos hablar de dignidad humana sin referirnos a las condiciones precarias de vida que lleva más de la mitad de la humanidad en la actualidad.
México ha llegado tarde al tiempo de los derechos. La Constitución de 1917 había sido pionera en su momento de derechos sociales, pero parchada posteriormente en infinidad de ocasiones, no se había actualizado y puesto al día, de acuerdo a los cánones más recientes en materia de Derechos Humanos. Ha sido la reforma más reciente de junio de 2011, la que ha venido a ponerla al día en materia de principios interpretativos, así como su ampliación en el catálogo de derechos humanos reconocidos a nivel internacional. No obstante, algunos sectores aún siguen dudando que este viraje radical solucione los agudos problemas de violaciones a los derechos que existen en este país.
Sin duda, creo firmemente que ninguna reforma constitucional soluciona por completo una realidad social. Defender tal postura, implicaría por sí mismo, tener una visión deformada y utópica del constitucionalismo. No es suficiente la modificación del texto legal para transformar una realidad social. Es necesario y urgente revaluar la manera en que se entiende a la Constitución y sus contenidos. Es prioritario replantear los métodos de estudio del derecho constitucional en el país, a partir de nuevos cánones que nacen de la ciencia constitucional, la filosofía jurídica, la filosofía política, y la ética. Es un desafío donde todos podemos participar a través del entendimiento de la Constitución y los derechos como un producto cultural.
Citas
[1] KANT, I., En torno al tópico: “Tal vez eso sea correcto en teoría, pero no sirve para la práctica”, trad. de M. Francisco Pérez López y R. Rodríguez Aramayo, en Teoría y Práctica, Tecnos, Madrid, 2006, p. 18. 
-El presente texto forma parte del capítulo introductorio del Manual de Derechos Fundamentales de próxima aparición cuya autoría corresponde a un servidor y a Rafael Aguilera Portales-.
Rogelio López Sánchez. Profesor de Derechos Fundamentales en la Facultad de Derecho y Criminología. Investigador-colaborador del Área de Filosofía del Derecho del Centro de Investigación de Tecnología Jurídica y Criminológica de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Actualmente es Estudiante del Doctorado en Derecho Constitucional y Gobernabilidad por la misma institución y becario del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT); asimismo, ha sido becario de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, dentro del Programa “Los caminos de la justicia en México 1810-1910-2010”. Secretario Académico de la Revista Isotimia (Revista Internacional de Teoría Política y Jurídica). Cuenta con distintas publicaciones en materia de derechos fundamentales en Revistas y compilaciones en México y el extranjero. Coordinador del sitio “Aula Virtual de Derechos Fundamentales” http://aulavirtualdf.blogspot.com/

452. Generación asesina

Los Derechos en serio
Generación asesina
Rogelio López Sánchez

"A veces una generación puede hacer algo extraordinario tu puedes ser parte de esa generación".
-Nelson Mandela

En las últimas semanas presenciamos en Monterrey  varias protestas por la muerte de estudiantes universitarios de los principales Campus de la Ciudad: UANL e ITESM. La autoridad seguramente estará pensando que los jóvenes somos demasiado ingenuos para creer, más bien, para entender como se llevan a cabo las negociaciones confeccionadas desde las élites de poder, la mafia política y el clientelismo que subyace en toda esta cloaca de sistema político y construcción de redes que se tejen desde el subsuelo y que han erosionado la confianza en las instituciones.
El miedo es el peor consejero, y nosotros hemos encontrado en él, el peor de nuestros dirigentes. Nos hace tomar decisiones irracionales y nos hace atrincherarnos en nuestros feudos posmodernos, recelosos a conservar lo poco que nos queda, llorando en el peor de los recovecos de inmundicia humana compartiendo el miedo de nuestra familia y semejantes. Creo que la peor fase de la “guerra” está por venir, no solamente por la vulnerabilidad de nuestras instituciones, sino por la falta de restructuración del tejido social cuyo proceso de fortalecimiento ha sido pésimo en las últimas décadas. Entramos a una especie de guerra civil, donde las instituciones fallan y el ciudadano de a pie decide enfrentarse a sus semejantes. Para muestra basta un botón: ¿Cuántas comunidades amuralladas al estilo medieval conocemos en nuestra ciudad? Preparadas para un embate externo y arrojar la mejor de las artillerías contra el invasor. La desconfianza en el “otro” ha sido punto de quiebre para generar la peor de las estrategias en materia de “seguridad” y demás políticas públicas en la historia política del país.
Tenemos miedo, sí, demasiado, tanto que nos consume y nos hace afirmar que la estrategia de “mano dura” ha sido la mejor decisión que hemos tomado en años, de sacar la porquería que teníamos en la alfombra acumulada por un Partido Hegemónico y por toda su red de clientelismos y de mafias políticas que negociaban con todo lo que estuviera a su alcance. Es muy fácil culpar al “pasado”, la gente ordinaria lo hace comúnmente para olvidar sus cicatrices mentales y emocionales, no me extraña que la sociedad puritana regiomontana lo haga también. Pero no recordamos que nosotros hemos ayudado a conservar ese pastel podrido que nos heredaron nuestros ancestros, y cuyo sabor pestilente nos sigue seduciendo, día a día con nuestros actos cotidianos y en el reflejo de esa cultura autoritaria, corrupta, mafiosa, clientelista, arribista, materialista, etc. Somos humanos a final de cuentas. Que sin dinero nadie existe, que es el fin de todas las cosas: el principio y el fin. Que todos somos medios para obtener lucros y que nadie puede existir sin él. Que nadie es exitoso sin dinero y que el éxito es el lucro monetario. Quizá no lo digamos, pero sí lo reflejan nuestras acciones. Si queremos culpar a alguien, volteemos al espejo y encontraremos la respuesta.
Este fenómeno no se reduce a nivel local, sino globalmente observamos que la tendencia humana persigue dicho propósito, los grandes rescates financieros por el capital en sí son ejemplo de ello, ante amenazas globales de sequía, desertificación, hambruna, y otra sarta de barbaries que terminan por agotar nuestra confianza en la especie humana. La instrumentalización de la persona como medio para obtener lucro es una práctica cotidiana este país, se objetiviza a las personas como ritual inviolable, en las dependencias públicas, en las licitaciones con nuestros impuestos, en los desfalcos públicos, en los Ministerios Públicos, en los Juzgados, en las Universidades Públicas y Privadas... nos ninguneamos, nos mandamos a la “chingada”.
No es mi intención culpar, ni menos diagnosticar, me encuentro muy lejos de ello, tampoco hago esoterismo, solo escribo porque me agrada compartir ideas con mis amigos lectores, es complicado transmitir un sentimiento y más cuando uno se topa con tantas desventuras, cuando lee la prensa y pierde su fe en las instituciones que tanto defendían nuestros padres, cuando un joven trata de mejorar el sistema y termina devorado por el mismo o parte de él, cuando intimas con tu semejante y te confiesa que ha perdido su fe en las instituciones y en todo aquello que suene a político. En fin, terminas devorando a Schopenhauer y crees en la fatalidad humana como un destino irreversible y la solución de entregarte al Leviathan para agotar ese sentimiento de inseguridad que te agota y te persigue.
Estas dos últimas semanas vimos a una generación que quizá no esté muerta (me refiero a los chicos de la UANL y del ITESM). Hablé hace aproximadamente un año de una generación de “cadáveres”, me refería a mi generación. Más bien, tendría que replantear ese punto y hablar de generaciones asesinas, como aquellas que acaban con el espíritu de otras generaciones que desean transformaciones culturales profundas y cuyas pretensiones son exterminadas por miedo. Ese miedo cobarde y asesino de conservación de privilegios, de dejadez y de maniqueísmo cínico, el cual debería estar prohibido en cualquier sociedad. Eso es lo que observo el día de hoy, en mi país y en mi Ciudad.
Pero mi generación también es la de los olvidados, la de los NI Nis, la de Sicarios, la de prostitutas, ladrones, narcotraficantes, drogadictos, la de gente invisible y visible, la de personas “in-decentes”, con las que alguna vez todo político tuvo que haber convivido e incluso pedido el voto a cambio una que otra promesa e incluso colaborado con ellos, admitimos nuestra culpa de ser como somos y no como los demás quieren que seamos con sus concepciones del “bien” y el “mal”, pero recuerden que nosotros somos la herencia de una generación asesina que ahora pretende callarnos y coartar nuestra libertad de expresión, a costa de negociar y de permanecer en silencio sólo porque se trata de situaciones incómodas. Digámoslo como los estudiantes estas dos semanas, en nombre de una sociedad harta de mentiras: exigimos transparencia en las investigaciones sobre los cobardes homicidios de hace más de dos años de estudiantes del Tecnológico de Monterrey: Jorge Antonio Mercado y Javier Francisco Arredondo, por los homicidios de José Fidencio García, Hiram "N", por Gabriela Pineda, Lucila Quintanilla, Raúl Villarreal , Jorge Mercado, Javier Francisco Arredondo, por los desaparecidos Roy Rivera Hidalgo, José Ángel Mejía Martínez y David Ibarra Buenrostro. Todos ellos y la sociedad que ya ha padecido los efectos de esta “guerra” demanda transparencia, porque mientras la autoridad no investigue y mantenga la opacidad a través de la práctica burlona de la ley, en nombre de la paz y la fatalidad del bien a costa de “daños colaterales”, todos tenemos la posibilidad de ser “Sicarios”.
Rogelio López Sánchez. Profesor de Derechos Fundamentales en la Facultad de Derecho y Criminología. Investigador-colaborador del Área de Filosofía del Derecho del Centro de Investigación de Tecnología Jurídica y Criminológica de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Actualmente es Estudiante del Doctorado en Derecho Constitucional y Gobernabilidad por la misma institución y becario del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT); asimismo, ha sido becario de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, dentro del Programa “Los caminos de la justicia en México 1810-1910-2010”. Secretario Académico de la Revista Isotimia (Revista Internacional de Teoría Política y Jurídica). Cuenta con distintas publicaciones en materia de derechos fundamentales en Revistas y compilaciones en México y el extranjero. Coordinador del sitio “Aula Virtual de Derechos Fundamentales” http://aulavirtualdf.blogspot.com/, rogelio.lopez.sanchez@gmail.com

311. Nos estamos pudriendo

Los Derechos en serio
Nos estamos pudriendo
Rogelio López Sánchez
"El consuelo más eficaz en toda desgracia, en todo sufrimiento, es volver hacia los que son más desventurados que nosotros. Este remedio está al alcance de cada uno. Pero, ¿qué resulta de ello para el conjunto?".
-Schopenhauer, Dolores del Mundo.
Invitación a desconocer al otro, negar su existencia (ningunearlo), hacerlo de menos, restarle importancia, volverlo invisible, marginarlo, no reconocerlo como individuo. No eres nada frente a quien ejerce la violencia (política, económica, social, jurídica de los estamentos posmodernos de este país) y que desconoce a las instituciones. Formas parte de un pacto que nunca firmaste, ni te diste por enterado que existía. Marginado por nacimiento y con el estigma de ser un invisible en el mundo, y solo apareces cuando es necesario en la historia, el sacrificio y el esfuerzo extremo. No es nadie, eres tú solamente. Apestas porque eres pobre e inculto, no eres algo, o lo suficientemente digno para construir una nación con el espíritu de la burguesía ilustrada que ama la política barroca y la simulación extrema. Formas parte de la masa y de la irracionalidad colectiva, del deseo extremo, del nihilismo pasivo y del hedonismo seductor que cosifica y reduce al ser humano a meros conceptos. Eres de una época vacía, ahistórica, te parió la “chingada” (en términos de Octavio Paz) y has vivido autonegándote, bajo el velo de la seductora hipocresía social.
Eres joven o viejo, y te dedicas al trabajo más abyecto para la sociedad contemporánea, dicen que te gusta la vida fácil y has cedido al hedonismo como una forma de existencia. Otros dicen que tus decisiones son erróneas y las seguirán siendo hasta que no rectifiques tu camino por la sendera del “bien”, el de la “paz social”. Has desatado una guerra que no tiene fin, según algunos. Contigo se abrió la caja de pandora mexicana de corrupción y de complicidad gubernamental autocrática pasada. Otros dicen que eres el chivo expiatorio de los aparatos gubernamentales. Mientras que los fantasmas de México te reafirman como "Nadie", también te etiquetan de las más variadas formas. Tienes múltiples personalidades y morfologías, te transparentas con tu ensordecedor silencio, y te vuelves visible con tu violencia física, la única que has probado que sirve en el mundo, lo demás cuentos sobre la ley, te importan un carajo.
Eres uno de los fantasmas mexicanos más grandes de nuestra historia contemporánea. Mientras los otros temen, a ti te impulsa un espíritu suicida de reconocimiento individual y el de tu comunidad. Eres la negación de nuestras realidades y de nuestros miedos. Eres una vulgaridad auto infligida y la pasión más abyecta de la propia humanidad mexicana, de desafío a la ley e instituciones como carta de naturalización de la cultura característica nacional. Antes eras burla, ahora infundes miedo (no muy distinto al de la época revolucionaria pasada de los héroes bandidos mitológicos mexicanos). Te temen, te tememos. Nos das miedo, el suficiente para guardarnos mientras el Tsunami termina. Has ganado la enemistad de muchos que se encuentran dispuestos a entregar al Leviathan su libertad para garantizar que se arranque de raíz el “problema humano cosificado”. Tú eres la “cosa”, y los demás, los “humanos”.
Pero lo que no nos hemos dado cuenta es que formas parte de nosotros mismos, de nuestra histórica tradición de ilegalidad y de quimeras institucionales. Eres parte de los engendros gubernamentales y de esa opacidad venerada de la tranza y la práctica burlona de la ley en cualquier estamento posmoderno, ya sea público o privado. De la indiferencia, del egoísmo y del individualismo que se niega a reconocer al otro como persona humana, discriminando o negando. Estás en nosotros, y por consiguiente, tus problemas son inherentes a los de nosotros. Ya lo decía un brillante filósofo español hace casi un siglo: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Rogelio López Sánchez. Profesor de Derechos Fundamentales en la Facultad de Derecho y Criminología. Investigador-colaborador del Área de Filosofía del Derecho del Centro de Investigación de Tecnología Jurídica y Criminológica de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Actualmente es Estudiante del Doctorado en Derecho Constitucional y Gobernabilidad por la misma institución y becario del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT); asimismo, ha sido becario de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, dentro del Programa “Los caminos de la justicia en México 1810-1910-2010”. Secretario Académico de la Revista Isotimia (Revista Internacional de Teoría Política y Jurídica). Cuenta con distintas publicaciones en materia de derechos fundamentales en Revistas y compilaciones en México y el extranjero. Coordinador del sitio “Aula Virtual de Derechos Fundamentales” http://aulavirtualdf.blogspot.com/, rogelio.lopez.sanchez@gmail.com

196. Pancho Villa fue un “Z”

Los Derechos en serio
Pancho Villa fue un “Z”
Rogelio López Sánchez
Agradezco de nueva cuenta a “Cultura de Paz y No Violencia Monterrey” por el espacio otorgado para compartir algunos pensamientos con la población cibernauta, seguidora de este Blog. En esta ocasión, seguramente tocaré algunas fibras sensibles de muchos de lectores, dado que el tema que el día de hoy traigo a debate (como ya se habrán dado cuenta en el título que seleccioné deliberadamente) es algo sugestivo y provocador, y seguramente suscitará entre los lectores bastantes interrogantes sobre mi posición “insana” de la historia oficial mexicana, o más bien, de las interpretaciones que ha recibido por los regímenes políticos que han gobernado este país. Pero téngase en cuenta que mi intención a lo largo de estas líneas no es provocar la ira del ciudadano “patriótico”, sino realizar un ejercicio discursivo en torno a cómo uno de los personajes más emblemáticos de la Revolución Mexicana logró ser precisamente un héroe nacional, a pesar de todo su pasado de “ilegalidad”, cualidad o virtud que aún sigue valorándose y exaltándose como ejemplo de valentía, coraje y ejemplo cívico entre la niñez y la juventud mexicana.
En esta contribución no trato de demostrar si el héroe mitológico Pancho Villa fue “bueno” o “malo”, debido a varios motivos que expondré a continuación. En primer lugar, no creo que la categoría de “bueno” o “malo” deba utilizarse en el análisis de la historia como se hace comúnmente; por otra parte, considero que esta clasificación totalizadora en este tipo de adjetivaciones de la realidad histórica, además de resultar bastante peligrosa, es propia en los regímenes autocráticos, que elaboran la verdad oficial a partir de creaciones irreales de personajes místicos o “héroes”, que se convierten en quimeras institucionales, legitimadores del régimen político en turno, que siguen preservando los ideales de aquellas figuras de antaño.
Además, considero que la mitificación de los “héroes” nacionales en deidades, no ayuda en nada a formar una ciudadanía responsable, sino lo contrario, fomenta el reverencialismo a figuras carismáticas, convirtiendo la historia en algo peor que una novela de ciencia ficción, en donde los vencedores viven una especie de alucinación permanente y crean sus propias realidades, alejándose de los hechos que se aproximan a la verdad, y repitiendo casi de manera cíclica, los mismos errores del pasado. Finalmente, y creo que es el peor error de todos, se aguarda constantemente con devoción, el regreso reencarnado de esos héroes míticos que algún día nos alejaron del “mal” en personajes del presente, fomentando el caudillismo y la salvación de las naciones, la concentración del poder y la pérdida progresiva de nuestra propia autonomía al dejar en manos de aquellos salvadores, nuestro propio porvenir.
Por análisis históricos contemporáneos, sabemos los hechos que envolvieron a Pancho Villa en un mártir del sistema de procuración y de justicia corrompido del régimen de Porfirio Díaz, sobre el asesinato a un rico y acaudalado hacendado por la violación sexual de su hermana, comenzando así su carrera de bandolero y prófugo de la justicia. Por análisis históricos, también se le atribuyen distintos saqueos (robos violentos) a haciendas durante su época de bandido. Tiempo después, cuando decide unirse a la Revolución Mexicana, por convencimiento de Madero, se le atribuyen varios fusilamientos sin sentido, y asesinatos despiadados a sangre fría, incluso en contra de colaboradores suyos por simples arrebatos de pasión o por meras “intuiciones” (Véase la magnífica biografía escrita por Friedrich Katz). Es atractiva la unión de esa figura despiadada y bondad en un personaje que ayuda a los “pobres” de aquel entonces, que llegó incluso hasta conjugarse en una especie de romanticismo irónico, donde lo que más se veneraba era el paternalismo que tenía Villa hacia aquel pueblo abandonado por los gobernantes.
Las interrogantes que creo, debemos plantearnos, son las siguientes: ¿Cómo llegamos a darle el título de Héroe nacional a quien se reconoce que era un bandolero, asesino y prófugo? ¿Es legítimo inculcar estos valores en los jóvenes mexicanos? ¿El valor de la justicia? ¿Qué tipo de justicia, social a caso? ¿Valores como la violencia (legítima e ilegítima), la muerte y el robo? Creo que las ideas románticas sobre este héroe mítico únicamente han ayudado a alimentar a generaciones de un pueblo adormecido, acostumbrado a no hacer las cosas por sí mismos, el paternalismo en su más estado puro, proyectando la imagen desconfiada e incluso paranoica del mexicano hacia otro, la desconfianza y el recelo de un posible o mínimo consenso entre las personas que habitan esta misma nación.
Efectivamente, Pancho Villa, el “héroe”, algún día fue un bandolero, un “pistolero”, un “desadaptado social”, “un asesino”, “un prófugo de la justicia”, un “Robin Hood”, un “cholo”, un “justiciero social”, un “salvador”, y también, un “revolucionario”, producto de nuestros errores y de nuestro olvido, de nuestro egoísmo y nuestra ceguera para no ver más allá de nosotros mismos. Pero, ¿por qué nos seguimos alimentando de la historia simplona, la del “bandolero mexicano de grandes hazañas”? la respuesta es compleja, pero trataré de comenzar con el principio: quizá porque aún seguimos buscando lo mismo que antes. El hastío hacia un sistema de procuración y justicia corrompido es apenas uno de los ejes vertebrales de la putrefacción del sistema, en donde, por ejemplo, la eficacia terminal en la persecución de delitos es de menos del 1%, donde demostrado está que la pobreza es la que se condena, como sucedió con el gran Pancho Villa. En la Encuesta Cultura de la Constitución en México realizada por la UNAM, se preguntó a los ciudadanos si era conveniente desobedecer la ley, más del 40% de las personas respondió que sí, en cuanto a las razones, la respuesta unánime fue: “la existencia de una ley injusta”. Este culto a la ilegalidad se ha vuelto propio no solamente de un sector de la administración pública, sino de gran parte de la sociedad civil, que acepta a diario la violación de la ley como una especie de costumbre social generalizada, donde el que sobrevive es el que infringe la ley, y aún peor, quien logra salirse con la suya es el más venerado, es decir, se convierte en un personaje ejemplar a seguir por el populacho que ve en esta persona, una especie de “chingón” mexicano.
Ahora bien, se preguntarán del por qué el paralelismo entre los denominados “Z” y el “héroe” Pancho Villa. Permítaseme explicar. Creo que el calificar de manera simplona y absolutizadora a este personaje de la historia mexicana como héroe, me da la posibilidad de calificarlo de igual forma como un “Z”, pues la interpretación de los hechos históricos, tales como su culto a la ilegalidad en sus inicios y su conversión revolucionaria que lo “redimen” como un personaje carismático y digno de veneración, no lo exentan de haber promovido la misma ilegalidad desde su inicio como bandolero. Cuando llamamos a cualquier pistolero contemporáneo, o a cualquiera que busca riquezas materiales para subsistir y quizá para ayudar a su comunidad, en muchas ocasiones nos hemos acostumbrado a nombrarlo como “Z”, el propósito original de este grupo ha cambiado drásticamente (desde sus inicios como grupo militar destinado al combate de la guerrilla mexicana), o por lo menos, la construcción social o el imaginario colectivo así lo ha hecho y lo ha reconocido, se puede hablar de un “Z” que comete las peores atrocidades en contra de la persona humana, de quien asesina, hasta quien comete un simple crimen. Pero hasta el momento, no existen suficientes análisis antropológicos, sociológicos, criminológicos que nos ayuden a reflexionar exhaustivamente sobre este fenómeno de manera seria, solamente los sentimientos rabiosos de nuestro ser y desprecio por aquellos seres que ni siquiera conocemos, pero que denominamos “Z”. En el presente, al construir nuestra historia, ¿sería posible que en un futuro no muy remoto se alcancen a convertir estos grupos en beligerantes o alcancen a reconocer su propia realidad y buscar objetivos políticos de justicia social? Algunos grupos de facto, ya lo han hecho, se habla de protección a la comunidad a través de un exterminio masivo de los “Z” de parte de otros grupos “delictivos”. La realidad es dinámica, cambiante, no podemos analizar a través de categorías totalizadoras la historia ni los fenómenos contemporáneos, adjetivizar de manera simplona es peligroso, tan peligroso como comenzar a depreciar el valor de la vida humana, justificándonos bajo el argumento de: “ellos han dejado de ser humanos”, y aquí subyace el problema más complejo de todos: “ellos” forman parte de nuestra realidad, y son el producto de nuestra propia cultura y de nuestros errores. Los nazis pensaban que los judíos habían dejado de ser humanos, sé que fue por razones distintas a las que lo hacemos nosotros, pero al fin y al cabo es el desconocimiento del “otro” como ser humano. Y es que, ¿importan aquí las razones? De serlo, ¿seríamos nosotros moralmente mejores que los nazis porque hemos encontrado “buenas” razones para desconocer al “otro”? y nótese que con esto no trato de avalar los crímenes que a diario se cometen en contra de la población civil ya sea estén dirigidos a la clase alta, media o baja (extorsiones, “derecho de piso”, “levantones”, secuestros) únicamente pido que realicemos un examen introspectivo acerca de cómo hemos cimentado a lo largo de la historia nuestro código de valores como mexicanos, y que no nos asombremos que al día de hoy nos encontremos con que el culto a la ilegalidad es lo que más se siga venerando en nuestro país como contravalor fundamental para la subsistencia. Pues, ¿Cómo pudiéramos llamar a lo que hacía Pancho Villa cuando entraba y saqueaba Haciendas enteras? ¿Por qué lo justificamos incluso en nuestros libros de texto? ¿Por qué mitificamos este tipo de acciones? Porque seguimos pensando que el camino correcto para acabar con la ilegalidad es la misma ilegalidad, la que nosotros mismos creamos y alimentamos día a día con nuestras acciones. Si hemos llegado hasta aquí no es por azares del destino o porque seamos una nación condenada al fracaso eterno, sino porque esto es producto de nuestras acciones y omisiones. “Todos los siglos son este presente”, decía el nobel de literatura mexicano, creo que no se equivocaba, pero si queremos un mejor porvenir, comencemos por entender los hechos históricos y este presente tal y como ha sido, observando todos sus elementos de manera holística, sin el impulso de las pasiones desenfrenadas que tratan de solucionarlo todo con la fuerza de la ilegalidad y de la violencia ilegítima. Pues recordemos lo que decía un brillante filósofo español hace casi un siglo: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Rogelio López Sánchez. Profesor de Derechos Fundamentales en la Facultad de Derecho y Criminología. Investigador-colaborador del Área de Filosofía del Derecho del Centro de Investigación de Tecnología Jurídica y Criminológica de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Actualmente es Estudiante del Doctorado en Derecho Constitucional y Gobernabilidad por la misma institución y becario del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT); asimismo, ha sido becario de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, dentro del Programa “Los caminos de la justicia en México 1810-1910-2010”. Secretario Académico de la Revista Isotimia (Revista Internacional de Teoría Política y Jurídica). Cuenta con distintas publicaciones en materia de derechos fundamentales en Revistas y compilaciones en México y el extranjero. Entre sus últimas publicaciones se encuentran: Garantías Individuales: modelo agotado (SCJN-México, 2011). Coordinador del sitio “Aula Virtual de Derechos Fundamentales” http://aulavirtualdf.blogspot.com/ rogelio.lopez.sanchez@gmail.com

159. Somos lo que hay

Los Derechos en serio
"Somos lo que hay"
Rogelio López Sánchez
Es grato saludar a la población cibernauta, seguidora de este espacio virtual, que coordina nuestro amigo José Benito Pérez Sauceda, agradezco de antemano su gentileza y amable invitación a escribir unas líneas relacionadas con los derechos humanos y la paz.
Al día de hoy, se calcula que más de 30 mil personas han muerto a causa, o en relación con lo que el entonces candidato Presidencial Felipe Calderón bautizó el 30 de mayo de 2006 como “guerra” al crimen organizado. Esto no ha sido mera propaganda electoral, ya que en sucesivas ocasiones (como Jefe de Gobierno) se ha referido con el término “guerra”, a la política de Estado de sacar al ejército a las calles como consecuencia de la corrupción de la policía de todos los niveles (federal, estatal y municipal) y un triste fenómeno de corrupción institucional que impide de manera plena ejercer y hacer efectivo el Estado de Derecho. En principio, como lo ha dicho Luigi Ferrajoli de manera magistral, la declaración de guerra “se encuentra en contradicción con la naturaleza misma del Estado de Derecho, pues éste no debe distinguir “enemigos”.
Estos “enemigos del Estado”, se han convertido para el mismo Estado, en los “parásitos” de nuestro tiempo, en personas que no respetan el Estado de Derecho, en aquéllos que han elegido la vida fácil y cómoda, en lugar del trabajo “digno y honrado”, y merecen en consecuencia, el uso de la fuerza del Estado. En principio la lógica del silogismo es muy sencilla: gente mala o indigna  violación de la ley = uso legítimo de la represión del Estado. El discurso oficial y el de muchos ciudadanos “decentes” ha sido el de el restablecimiento de la paz y la tranquilidad que gozábamos antes de que iniciara todo esto. Aunado a ello, se ha declarado públicamente que la cloaca ha sido destapada desde que inició la transición política en el país y se ha lanzado parte de la responsabilidad a los gobiernos autócratas del siglo pasado.
La fragmentación social es evidente, en algunas zonas del país es más marcada que en otras, el fenómeno de la corrupción institucional, por medio de la complicidad con algunos miembros de la delincuencia de muchos aparatos gubernamentales, ha sido probada y demostrada judicialmente en bastantes ocasiones. Habermas afirmaba que la crisis de nuestros Estados se podía dividir en las tres siguientes: de legitimación, de motivación y de racionalidad. No hace falta ser sociólogo o un filósofo destacado para concluir que algo está podrido en nuestro país, pero quizá una de las peores noticias es que hemos sido nosotros los que hemos habitado esta nación por siglos, no han sido seres de otro planeta, sino nosotros, por tanto, la solución debe estar en nosotros mismos.
John Rawls decía que la construcción de una sociedad equitativa y justa se encontraba en la capacidad del Estado para redistribuir la riqueza del mismo, a partir del respeto a las reglas que el mismo Estado como institución creaba para su supervivencia. Sin embargo, esas reglas han sido sometidas a un escrutinio constante en México. Se cuestiona la misma confianza para tener confianza en el “otro”. Se cuestiona incluso el hecho de tener “confianza” en la “confianza”, decía Octavio Paz, que en ocasiones el mexicano se sentía “hijo de la nada”, negando su origen y rehusándose a la reconciliación con el pasado. La identidad nacional a partir de rasgos culturales comunes ha sido muy complicada de explicar incluso para los antropólogos, sociólogos y otros especialistas.
Las recetas a los problemas han sido variadas en los últimos años: refundación del Estado, guerra al crimen organizado, abatir a los “malos”, combatir la pobreza, atraer inversiones, hacer reformas. Quizá la reformitis junto con la legislomanía han sido las más empleadas, mayores castigos, incremento de penas, encierro de delincuentes, aumento de represión e intensidad de la fuerza del Estado, en pocas palabras, “cero tolerancia”. Sin embargo, detrás de esto, se esconde un fenómeno nacional agudo, el de la incomprensión de los fenómenos sociales. No es común tener más de 20 mil jóvenes “ni ni” en las calles ni más de 50 millones de personas en la pobreza, ni encabezar los índices de corrupción mundial, ni ser número uno en feminicidios por más de una década. Los nazis pensaron como solución inmediata crear campos de concentración para abatir a los “enemigos del Estado” bajo la ideología de la superioridad de una raza. El malo quedaría exterminado y el bienestar de la nación vendría cuando aquellos “enemigos” fueran eliminados. Me pregunto, y con temor a que sea calificada de atrevida esta pregunta, ¿Cuándo eliminemos a estos enemigos del Estado (me refiero a los enemigos que mencioné al principio) acabarán nuestros problemas? ¿nos emanciparemos de los “malos” y recuperaremos la paz social que tanto se anhela día a día?
La violencia está en todos lados, el mismo lenguaje es ejemplo claro de la violencia que empleamos cotidianamente. Hablar de guerra, es violencia, marginar es un acto simbólico de violencia, despreciar o ningunear al otro también es un acto de violencia. La violencia se encuentra presente en todo momento de nuestras vidas e incluso forma parte de la convivencia cotidiana. Sin embargo, los niveles con los que la empleamos han resultado bastante peligrosos hoy en día. El delincuente de hoy en día no se conforma con “robar”, prefiere hacer algún destrozo adicional o dejar la marca en la víctima de ello. Anticipo que no soy antropólogo, pero el sentido común me dice que lo que en el fondo se busca es el reconocimiento social. ¿de quién o quiénes? De quienes han habitado este país y nunca han sido incluidos en ese pacto de convivencia social o no se han sentido atraídos parte del mismo. Decía Leopoldo Zea que este milenio sería de los marginados y creo que no se equivocaba. Lo evidente ahora es que la marca de los marginados está dejando una marca cada vez más grande.
Aclaro, no se trata de justificar la denominada “violencia” de los “malos”, encarnados en el “crimen organizado”. Se trata de que entendamos los motivos y orígenes de ella. Pues al igual que un médico antes de realizar un diagnóstico adecuado, es necesario analizar los síntomas, pues de lo contrario, pudiéramos recetar la medicina que provoque un alivio momentáneo, pero que puede traer efectos secundarios terribles o devastadores. Todos somos partícipes en esta construcción, ya sea con nuestras acciones, omisiones o indiferencia a los problemas cotidianos. Decía hace poco Lorenzo Córdova en una charla dictada en nuestra Universidad, que el respeto a las instituciones se construye día a día con nuestras acciones, y en ocasiones, nosotros decidimos cuando mandarlas al diablo. Lo más triste de todo, es que este fenómeno es generalizado desde los más conspicuos empresarios de este país, que pagan menos impuestos que los miserables profesores universitarios que conformamos la planta docente de la Universidad, hasta el ciudadano que decide corromper al agente de tránsito. Todos somos culpables de este deterioro institucional, y si algo apesta aquí es porque nosotros, con nuestras omisiones, acciones e indiferencia, hemos dejado que la ilegalidad se adueñe de nuestras vidas. Como decía un reciente filme mexicano, “Somos lo que hay”, y con ese capital humano debemos de aprender a trabajar día a día, de lo contrario, excluir, marginar, mandar al diablo a las instituciones y buscar nuestra supervivencia aislando a “los otros”, y volviendo al estado de naturaleza del que hablaba Hobbes, es tanto como entregarse a los vaivenes de un Tsunami que amenaza con volver con réplicas cada vez más intensas.
Rogelio López Sánchez. Profesor de Derechos Fundamentales en la Facultad de Derecho y Criminología. Investigador-colaborador del Área de Filosofía del Derecho del Centro de Investigación de Tecnología Jurídica y Criminológica de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Actualmente es Estudiante del Doctorado en Derecho Constitucional y Gobernabilidad por la misma institución y becario del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT); asimismo, ha sido becario de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, dentro del Programa “Los caminos de la justicia en México 1810-1910-2010”. Secretario Académico de la Revista Isotimia (Revista Internacional de Teoría Política y Jurídica). Cuenta con distintas publicaciones en materia de derechos fundamentales en Revistas y compilaciones en México y el extranjero. Entre sus últimas publicaciones se encuentran: Garantías Individuales: modelo agotado (SCJN-México, 2011). Coordinador del sitio “Aula Virtual de Derechos Fundamentales” http://aulavirtualdf.blogspot.com/ .

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