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The art of peace-building

There is still little documentation of how art creates social and personal change. We must develop this language.
Every morning news bulletins wake me to a violent global reality. This morning it was “Libya’s slide into anarchy and its threat to Europe’s security”.
But on some days I pass up current affairs programmes for for music, any music. Music talks directly to me, offering another, more peaceful, more enlivening reality.
In the depths of conflict, art can provide respite for those disempowered and made insecure by violence. The hedonism of drama, dancing or music making during war is powerful. Professor James Thompson reflects on applied theatre as a tool for social change, not just for its capacity-building effects but also for its affects - aesthetic, emotional and sensory: “It's beautiful, sometimes scary, and aesthetically interesting in its own right. We need to learn a language that can talk about these sorts of things in order fully to appreciate what the work is about."
Dara, a South Asian history play about Islam, will this week complete its successful run at London's National Theatre. Pakistani playwright Shahid Nadeer will explain at International Alert’s peace talks tonight how his play, originally written for audiences in South Asia, is offering insight into the history of Islam and contemporary conflict, violence and extremism in Pakistan and beyond.
For 30 years, Nadeer and his theatre group Ajoka have used performance to transform conversations with thousands of Pakistanis around democracy, pluralism, religion, identity and disenfranchisement. This kind of theatre is helping to build a shared South Asian cultural identity beyond religion.
Such arts-based peace-building approaches are increasingly seen as complementing institutional and structural approaches to peace-building programming. Art is unique; we experience it through the senses, on a bodily and emotional level. Theatre, music and other creative art forms move beyond discussion and cognitive analysis. They can deeply affect individuals and groups, de-centring people from the world view and polarised standpoints that are common to conflict.
Research by In Place of War in conflict sites around the world reveals how art is used by grassroots communities for violence prevention, socio-political resistance, trauma healing, and reconciliation. Likewise, peace-building practitioners and organisations are utilising the arts and creativity as a force for social transformation. By blending drama, poetry, theatre, visual and literary arts with traditional peace-building tools, conflict-affected people can renegotiate power and catalyse dialogue between opposing groups.
In the highly polarised region of the South Caucasus, where cultural identity forms an intimate part of the conflict dynamic, peace-building groups have harnessed literature to explore the boundaries between cultural and political identity. Publications bringing together the five languages of the South Caucasus have helped cross divides. Using narrative form, well-known writers can safely explore and promote a diverse ‘Caucasian’ cultural identity, as well as celebrating individual ethnic cultural identities, something direct dialogue is less able to do.
Combining literary art with more traditional dialogue methods can help transform and influence political discourse and generate more conciliatory message around cultural identities, shared cultural values and whether art can play a role in peace. Addressing stereotypes can help to build tolerance, as people rediscover the ‘human’ face of their enemies. Cultural identities run at a much deeper level than political identities.
While the existence of these projects demonstrate the use of creativity for peace-building, there is lamentably little documentation about how art and creativity actively create social, political and cultural change.
Not only is each context different, but the success of art in transforming an individual or group rests with its ability to connect and to elicit an emotional response. As Michael Shank and Lisa Schirch point out in their work on strategic arts-based peace-building, the ‘what’, ‘when’ and ‘why’ are yet to be satisfactorily expanded on by artists, academics or peace-builders. As Thompson says, we are yet to develop the language.
But we must. In early 2015, the World Bank announced that no conflict-affected country has achieved a single Strategic Development Millennium goal. Traditional development and peace-building professionals are increasingly recognising that favouring only facts and figures is hampering our capacity to build peace.
By offering evidence as to how the arts can support peace at different levels, we can leverage creativity for greater effect for those affected by violence.
Charlotte Onslow is a Programme Development Advisor at peace-building charity International Alert.
Charlotte Onslow. Opendemocracy.net. 01/04/15

Buscando la paz

Guatemala, Guatemala. Johann Galtung, fundador de los estudios de paz, desarrolló una serie de modelos, usualmente en forma de triángulos equiláteros, para explicar fenómenos de violencia y conflictividad.
El primer triángulo consiste en la descripción de los componentes de un conflicto, y sitúa en cada esquina los siguientes elementos: contradicción, actitudes y comportamientos. Según el autor, todo conflicto nace con una contradicción básica entre personas o grupos. El asunto se complica cuando las contradicciones son provocadas por actitudes, como los prejuicios, y escaladas a través de comportamientos, como los insultos y la violencia física.
El segundo triángulo es el que define los tipos de violencia que existen. La violencia directa es la que mejor conocemos, se ejerce como violencia física y psicológica. Menos conocida es la violencia cultural, que consiste en la codificación que hacemos de ciertos patrones a través de la cultura. En Guatemala, las expresiones machistas y sexistas usadas por muchos de los varones pueden considerarse como una expresión de la violencia cultural. La violencia estructural es la que ejercen los Estados y las sociedades sobre las poblaciones excluidas o especialmente vulnerables. En Guatemala ejercemos esta violencia sobre los pueblos originarios, las mujeres y los jóvenes, al negarles las oportunidades de estudio, trabajo, salud, recreación y participación política que se merecen.
El tercer triángulo es el de las formas de atender la violencia y el conflicto. Peace making se refiere al proceso de negociación y la creación de acuerdos entre las partes, desde un acuerdo amistoso de divorcio hasta unos acuerdos de paz como los firmados en Centroamérica el siglo pasado. El mantenimiento de la paz o peace keeping se refiere a todo lo que se hace después de alcanzado un acuerdo para no regresar a la violencia. Las intervenciones de paz de las Naciones Unidas son un excelente ejemplo del proceso de peace keeping. La construcción de la paz o peace building es tal vez el elemento menos atendido, porque se refiere a la transformación profunda de las estructuras (económicas, políticas, de racismo, etcétera) que dieron o dan lugar a los conflictos.
Con base en lo anterior podemos ahora definir dos tipos de paz, la paz negativa (el cese de la violencia directa entre dos o más grupos armados) y la paz positiva (la construcción de una paz duradera en función de la atención a las violencias cultural y estructural). En Guatemala, el proceso de paz fue exitoso porque se atendió un acuerdo, la desmovilización y el desarme y la normalización de las relaciones entre las partes. ¿Pero hasta qué punto se atendieron las dimensiones de la violencia estructural y cultural imperantes en el país? El racismo, la pobreza, la violencia de género y hasta nuestro modo violento de conducir son reflejo de cuánto nos falta para llegar a una auténtica paz positiva.
Sin menospreciar la importancia de la seguridad operativa (patrullajes policiales, investigación criminal, procesos judiciales) debo afirmar, con la literatura de mi disciplina como evidencia, que los países que gozan de una auténtica paz lo hacen porque supieron atender las dimensiones culturales y estructurales de la violencia, invirtiendo en salud, educación, arte, ciencia y recreación. Recientemente atendí un curso en la Universidad de Uppsala, Suecia. En la charla inicial el ex diplomático Jan Eliasson y el académico Peter Wallenstein discutieron la importancia que tuvo para la construcción de la paz en Suecia la transformación de la mentalidad violenta y guerrerista que tuvo como nación durante mucha parte de su historia hacia un imaginario centrado en la educación y la paz. ¿Cuándo haremos esta reflexión en Guatemala?
Andrés Álvarez Castañeda. El Periódico de Guatemala. 31/Ago/2010

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