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1141. Cómo Dostoyevsky anticipó el surgimiento del Estado totalitario

El novelista ruso del siglo XIX Fyodor Dostoyevsky creó personajes que justificaban matar en nombre de sus ideologías. Por esta razón, argumenta el filósofo John Gray, siguió siendo relevante durante el surgimiento de los Estados totalitarios del siglo XX y hasta ahora, en las "guerras contra el terrorismo".
Cuando Fyodor Dostoyevsky describió en sus novelas cómo las ideas tienen el poder de cambiar las vidas humanas, sabía de qué estaba hablando.
Nacido en 1821, el escritor ruso tenía algo más de 20 años de edad cuando se unió a un grupo de intelectuales radicales en San Petersburgo que estaban fascinados con las teorías socialistas utópicas francesas.
Un agente de policía que había infiltrado el grupo reportó las discusiones a las autoridades.
Crimen y castigo
El 22 de abril de 1849, Dostoyevsky y los otros miembros del grupo fueron arrestados y, tras unos meses de investigación, encontrados culpables de planear la distribución de propaganda subversiva y condenados a muerte.
El castigo se conmutó por una sentencia de exilio y trabajos forzados, pero la autoridad del tsar de decretar vida o muerte fue confirmada forzando a los prisioneros a experimentar una ejecución simulada.
En una puesta de escena cuidadosamente preparada, en la mañana del 22 de diciembre de 1849, Dostoyevsky y el resto del grupo fueron llevados a un lugar en el que se había erigido un andamio y decorado con crepé negro. Sus delitos y sentencia fueron leídos y un sacerdote ortodoxo les pidió que se arrepintieran.
Tres del grupo fueron amarrados a los postes, listos para la ejecución. Al último minuto, sonaron los tambores y el pelotón de fusilamiento bajó sus rifles. Habiendo sido indultados, los prisioneros fueron esposados y enviados al exilio en Siberia. Dostoyevsky debía cumplir cuatro años de trabajos forzados seguidos de servicio obligatorio en el ejército ruso.
Al borde de la eternidad
En 1859, un nuevo tsar le permitió a Dostoyevsky finalizar su exilió en Siberia y un año más tarde estaba de vuelta en el mundo literario de San Petesburgo.
La experiencia lo alteró profundamente. No modificó de opinión respecto a que la sociedad rusa necesitaba cambiar radicalmente. Siguió creyendo que la institución de la servidumbre era profundamente inmoral, y hasta el final de sus días detestó a la aristocracia. Pero su experiencia de haber estado al borde de la muerte, como lo consideraba, le dio una nueva perspectiva respecto al tiempo y la historia.
Muchos años más tarde señaló: "No recuerdo haber estado tan feliz como ese día".
De ahí en adelante, se dio cuenta de que la vida humana no era el movimiento de un pasado deficiente a un futuro mejor, como lo había creído o medio creído cuando compartió las ideas de los intelectuales radicales. En cambio, pasó a creer que cada ser humano estaba en todo momento parado en el borde de la eternidad.
Como resultado de esa revelación, Dostoyevsky empezó a desconfiar cada vez más de la ideología progresiva que lo había atraído cuando era joven.
Despreciaba particularmente las ideas con las que se encontró en San Petersburgo a su regreso de una década de exilio en Siberia.
Una nueva generación de intelectuales rusos estaba cautivada por las teorías y filosofías europeas. El materialismo francés, el humanismo alemán y el utilitarismo inglés se fundían en una combinación peculiarmente rusa que terminó llamándose "nihilismo".
Tendemos a pensar que alguien nihilista es alguien que no cree en nada, pero los nihilistas rusos de la década de 1860 eran muy distintos. Creían fervientemente en la ciencia, y querían destruir las tradiciones religiosas y morales que habían guiado a la humanidad en el pasado para abrirle el camino a un mundo mejor.
Hoy en día hay mucha gente que cree en algo similar.
Demonios
La condena de Dostoyevsky del nihilismo es presentada en su gran novela "Demonios". Publicado en 1872, el libro ha sido criticado por su tono didáctico, y no hay duda de que el autor quería mostrar que las ideas dominantes de su generación eran dañinas.
Pero la historia que cuenta Dostoyevsky también es una comedia negra, cruelmente cómica en su descripción de los nobles intelectuales que jugaban con las nociones revolucionarias sin entender lo que significa una revolución en la práctica.
La historia es una versión de eventos que ocurrieron mientras Dostoyevsky estaba escribiendo el libro.
Sergei Nechaev había sido un profesor de divinidad y se había convertido en un "terrorista" que fue arrestado y condenado por complicidad en el asesinato de un estudiante. Nachaev había sido el autor de un panfleto, "El catecismo de un revolucionario", que argumentaba que cualquier medio (incluyendo el chantaje y el asesinato) era válido para promover la causa de la revolución. El estudiante había cuestionado las políticas de Nechaev, por lo que había sido eliminado.
Dostoyevsky indica que el resultado de abandonar la moralidad en nombre de una idea de libertad es un tipo de tiranía más extrema que cualquiera de las del pasado. Como uno de los personajes de "Demonios" confiesa: "Me enredé en mi propia información, y mi conclusión contradice directamente la idea original: partí de la libertad ilimitada, concluí con el despotismo ilimitado".
Es difícil encontrar una mejor descripción de lo que ocurriría en Rusia como resultado de la revolución bolchevique casi 50 años más tarde.
Aunque lo criticaba por depender demasiado en actos de terrorismo individuales, Lenin admiraba a Nechaev por su disposición a cometer cualquier crimen si le servía a la revolución. Pero como anticipó Dostoyevsky, el uso de métodos inhumanos para lograr un nuevo tipo de libertad produjo un tipo de represión que tenía mucho más alcance que las crueldades histriónicas del tsarismo.
Poseídos
La novela de Dostoyevsky contiene una lección que le sirve no sólo a Rusia.
Las primeras traducciones en inglés llevaban el título "Los poseídos", una lectura equivocada de la palabra rusa cuyo significado más preciso es "demonios". No obstante, el antiguo título quizás se acerca más a la intención de Dostoyevsky. Aunque hay momentos en los que los retrata sin misericordia, los revolucionarios no son los demonios: lo son más bien las ideas que los esclavizan.
Dostoyevsky pensaba que la falla en el corazón del nihilismo ruso era el ateísmo, pero uno no tiene que estar de acuerdo con ese punto de vista para apreciar que cuando escribe sobre las ideas demoniacas de poder está tratando un trastorno humano genuino. Tampoco es necesario estar de acuerdo con la opinión política del autor, que era una versión mística de nacionalismo muy manchada de xenofobia.
Lo que Dostoyevsky diagnosticó –y lo que a ratos sufría en su propia carne- era la tendencia a pensar que las ideas eran de alguna manera más reales que los mismos seres humanos.
Igual de ilusos
Sería un error imaginar que nosotros no hemos caído en esta suerte de pensamiento delirante.
Las guerras que Occidente ha luchado en Medio Oriente durante más de una década a menudo son criticadas por ser intentos de apropiarse de recursos naturales, pero yo estoy seguro de que esa no es toda la historia. Ha sido igual de importante un tipo de fantasía moral, lo que explica las repetidas intervenciones de Occidente y su recurrente fracaso.
Nos imaginamos que ideas como "democracia", "derechos humanos" y "libertad" tienen un poder propio que puede transformar las vidas de quien esté expuesto a ellas. Lanzamos proyectos de cambios de gobiernos cuyo objetivo es hacer realidad estas ideas derrocando tiranos.
Sin embargo, exportar la revolución de esa manera puede tener el efecto de fracturar al Estado -como ha pasado en Libia, Siria e Irak- lo que conduce a la guerra civil, anarquía y nuevos tipos de tiranía.
Nuestros propios demonios
El resultado es la posición en la que nos encontramos en este momento.
La política occidental ahora está impulsada por el miedo a las fuerzas e ideas que han surgido del caos creado por la intervención occidental.
Lamentablemente, ese temor no es infundado. El riesgo de que esos conflictos nos afecten cuando los ciudadanos occidentales que han luchado en ellos regresen a casa es real.
Nos gusta pensar que las sociedades liberales son inmunes al peligroso poder de las ideas. No obstante, es una ilusión pensar que no tenemos nuestros propios demonios.
Poseídos por conceptos grandiosos de libertad, hemos tratado de cambiar los sistemas de gobierno de países que no entendemos.
Como los insensatos revolucionarios de la novela de Dostoyevsky, hemos convertido nociones abstractas en ídolos, e intentando servirlos, hemos sacrificado a otros y a nosotros mismos.
John Gray. Bbc.co.uk. Reino Unido, 30/11/14

1130. Carl von Clausewitz, el general que inventó las guerras modernas

Carl Von Clausewitz/GettyImages.com
Inspirado en su experiencia combativa de las Guerras Napoleónicas, el militar prusiano Carl von Clausewitz elaboró teorías de guerra tan eficaces que lo han catapultado como el autor militar más citado hasta ahora.
 Su campo de investigación, que se tradujo en su magna obra 'De la guerra' en 1832, se centró en la teoría y la práctica de la guerra, y la controvertida y crónicamente incomprendida relación entre ambas.
"Hoy en día las doctrinas militares oficiales de Estados Unidos se basan esencialmente en Clausewitz y es casi imposible encontrar ensayos en las revistas de historia militar que no hagan referencia sustancial al general prusiano más famoso de la historia", escribió 'The Daily Beast' haciéndose eco del nuevo libro biográfico 'Clausewitz: His Life and Work', escrito por el profesor Donald Stoker.
Por ejemplo, la derrota de EE.UU. en la guerra contra una pequeña nación agrícola, Vietnam del Norte, es atribuida por algunos analíticos al concepto de Clausewitz sobre el "centro de gravedad" de la guerra, que no se ubicaba en el campo de batalla sino en el apoyo de la población a una guerra remota y ambigua.
Las guerras posnapoleónicas -escribió Clausewitz- no serán una actividad cuidadosamente limitada en escala por los monarcas y realizada solamente por soldados profesionales, conforme a un estático conjunto de reglas y protocolos.
Han convertido en una aventura nacional masiva y altamente volátil, que es mejor comprendida como la interacción de una "trinidad destacable" compuesta de la "violencia primordial, el odio y la enemistad, que se deben considerar como fuerza natural ciega; del juego y la probabilidad dentro de cuyos límites anda el espíritu creativo; y de su elemento de subordinación como herramienta de la política que lo somete todo a la razón".
"El primero de estos tres aspectos se refiere a la gente; el segundo al comandante y su ejército; el tercero el Gobierno", escribió el visionario Clausewitz.
Rt.com. 25/11/14

How Clausewitz Invented Modern War
Inspired by his combat experience in the Napoleonic wars, Carl von Clausewitz developed theories of warfare so effective that he is still the most quoted man on the battlefield.
It’s very hard indeed to think of a single thinker or writer who looms as large over their chosen field of study as Carl von Clausewitz. Clausewitz, on the odd chance you haven’t heard of him in this age of wars and rumors of wars, was a Prussian scholar-general. His field of study was warfare—or more precisely, the theory and practice of war, and the vexed, chronically misunderstood relation between the two.
Clausewitz’s magnum opus was begun in 1816 after he’d survived the rigors of more than 30 combat engagements in the revolutionary and Napoleonic wars of Europe, more or less physically intact. The manuscript for On War was left unfinished at the time of his death from a cholera epidemic in 1831, and first published in German in three volumes a few years later by his wife, the former Countess Marie von Bruhl, who possessed a fine, discriminating intelligence, and a passionate devotion to her husband and his life’s work.
What makes Clausewitz’s now longstanding domination of his subject so remarkable is that since his death in 1831, warfare as a field of study has continuously occupied the professional attention of thousands of very smart, thoughtful human beings. A fair number of these men, and a few women, soldiers and civilians alike, have made important contributions to a steadily growing canon of classic works on warfare that began some 2,500 years with Thucydides and Sun Tzu. Yet, when it comes to understanding the nature of war and strategy today, none of the works in that canon is spoken of so often, or with such reverence and respect, as Clausewitz’s On War.
Moreover, since his passing, literally hundreds of wars have been fought, and soldiers and historians have proclaimed uncontroversially that warfare has been transformed and revolutionized not once, but a handful of times.
The American Civil War is generally recognized to be the first industrial war, in which railroads and mass production played a key role. Then came the horrors of World War I, with the advent of tanks and airplanes and poison gas. After that terrible slaughter, the professional military establishments in all the industrialized countries threw out their field manuals, and began again. But they didn’t throw out On War.
Twenty years later came another world war that exploited the tank and the airplane in ways unimaginable to the generals of the First World War, and introduced several new strategic dimensions into warfare:  the blitzkrieg, strategic bombing, combined arms war, and finally, nuclear war. Clausewitz not only survived World War II; he emerged from it with his reputation greatly enhanced.
In 1982, Col. Harry Summers’s On Strategy: A Critical Analysis of the Vietnam War masterfully employed Clausewitz’s teachings to offer startling new perspectives on how it was possible for a tiny agricultural country like North Vietnam to defeat the United States.   Evoking a key Clausewitzian concept, Summers argued that the Vietnamese communists had struck at America’s critical “center of gravity” in the war—not its army in the field, but the people’s support at home for a distant and ambiguous war—and they had won!
Summers reignited the fiery debate about Vietnam through Clausewitz’s compelling frame of analysis, and On War has remained front and center in the work of American military intellectuals ever since. In 1989, the U.S. Marine Corps issued a new Bible, Field Manual No. 1, to every Marine, with the order to “read it and take it to heart.” Warfighting, its authors freely admitted, was essentially On War in digest form.
Today the official fighting doctrines of the U.S. armed services all draw heavily on Clausewitz unapologetically, and it is next to impossible to find essays in serious defense and military history journals without substantial references to the most famous Prussian officer in history.
Why? The short answer: this brilliant Prussian saw a great deal of combat up close and personal, read military as well as political history and philosophy voraciously, and then wrote, and rewrote, about his subject compulsively for 30 years—often drawing on disciplines far afield from war studies to make his points. He was as much a student of the human soul as he was about war, which lends his writing about the latter a certain breadth and depth that is hard to capture in short essay like this. 
In the end, Carl Phillip Gottfried von Clausewitz was able to distinguish war’s timeless elements from its evanescent ones with a laser-like precision that has startled readers for generations, and none more so than this one. This melancholy, introspective Prussian, Professor Donald Stoker argues in his meticulously researched Clausewitz: His Life and Work, was driven above all else by a passion to distinguish himself as one of the great combat soldiers of his generation and ended up producing the most sophisticated and trenchant road map to the study of organized violent conflict yet written: “Clausewitz brought the study of war to a new intellectual level,” Stoker opines, “turning it into a genuine discipline, placing it alongside other fields of study such as art, engineering, or philosophy … No one before or since Clausewitz has used both history and analysis to study war and the forces affecting its conduct so deeply.”
The author of On War, we learn, established his initial reputation in European military circles by exposing the illusions of the pre-eminent strategists of his own time, men who believed that the scientific method and the rationalistic forces of the Enlightenment could be harnessed to make war a science, in which success on the battlefield could be guaranteed merely by working out a series of equations and ratios relating to firepower, terrain, route marches, and supply trains.
Clausewitz could be intellectually arrogant. He openly scorned the work of the most renowned French strategist of his generation, Antoine-Henri Jomini, and had little good to say in print about his own country’s leading strategist, Adam Heinrich Dietrich von Bulow.  These gentlemen, said Clausewitz in brief, had the misfortune of mistaking the accoutrements of war for its essential nature.
“War,” wrote Clausewitz, “is an extreme trial of strength and stamina.”  It is “an act of force to compel our enemy to do our will” by spilling blood, and lots of it. It was a duel on a larger scale, with all the uncertainty and danger that implied. In war, he wrote, “everything is uncertain … all military action is intertwined with psychological forces and effects.” So much could go wrong, and so often did! As he famously scribbled,  “Fog can prevent the enemy from being seen in time, a gun from firing when it should, a report from reaching the commanding officer. Rain can prevent a battalion from arriving, making another late by keeping it not three but eight hours on the march … Action in war is like movement in a resistant element. Just as the simplest and most natural movements, walking, cannot easily be performed in water, so in war, it is difficult for normal efforts to achieve even moderate results.”
Besides, because war always involves an adversary whose intentions are deliberately masked from us, it “consists of a continuous interaction of opposites.”
Clausewitz’s contemporaries in the strategic arts, and many of his successors in contemporary America and Britain, one hastens to add, have been so captivated by technology’s transformative effects on war as to miss a fundamental truth about war’s nature:  it is an unpredictable, supremely violent social process, in which the uncertainties faced by the commander and the soldier alike, and the play of “moral forces” such as courage, self-confidence, fear, exhaustion and danger, invariably cause the most meticulous plans to go awry once the shooting starts. “One might say,” wrote Clausewitz in On War, evoking one of his legion of striking metaphors, “that the physical [factors] seem little more than the wooden hilt, while the moral factors are the precious metal, the real weapon, the fine-honed blade.”
While he homed in on the unchanging essence of war as it was experienced, he was also among the first to see that the Napoleonic wars signaled a sea-change in the way wars were going to be fought in the future—in the complexity of their underlying dynamics, in how they needed to be diagnosed and analyzed with a view to obtaining future success. 
In the wake of Prussia’s 1806 humiliating defeat at the hands of France,  Clausewitz’s brilliant mentor, Gerd von Scharnhorst, had begun to suss out how Napoleon’s army of poorly trained peasants, with few proper officers and no formal system of administration or supply, could beat the tar off highly disciplined, professional armies of Prussia and her allies. Scharnhorst reckoned correctly that Napoleon’s success was intimately connected with the rise of French nationalism, with the full participation of the populace in the glorious cause of the nation’s martial destiny.
Clausewitz, who had been astonished by Napoleon’s military genius and the resilience of his armies as he had seen them first hand and learned about them through close study, built methodically on Scharnhorst’s insights. Henceforth, war would no longer be restricted to tiny (in relation to population size) professional armies and the princes that led them. Great leaders willing to harness the powers of the people by giving them a stake in the nation’s glory could conduct conflicts on a previously unimaginable scale. The French armies broke all the rules and won, because Napoleon discarded all the normal political and economic constraints that had kept wars limited in time, space, and destructive power for centuries.
Post-Napoleonic War would not be an activity carefully limited in scale by monarchs and carried out by professional soldiers only, with a static set of rules and protocols. It had become a massive, highly volatile national undertaking, best understood as the interaction of a “remarkable trinity,” composed of “primordial violence, hatred and enmity, which are to be regarded as blind natural force; of the play and probability within which the creative spirit is free to roam; and of its element of subordination as an instrument of policy, which makes it subject to reason alone. The first of these three aspects concerns the people; the second the commander and his army; the third the government … When whole communities go to war, whole peoples, the reason always lies in some political situation, and the occasion is always due to some political object. War, therefore, is an act of policy.”
Stoker’s biography was written in part to reconstruct the Master’s largely unreported roles in the various wars in which engaged from 1792 until 1815; to suggest some connections between those experiences and the vast flow of written works he produced when he was away from the battlefield; and to give us some sense of man’s inner life and temperament.
Certainly the vast correspondence between Marie and Carl has been skillfully exploited by Stoker to flesh out our picture of the man. He shows their deep affection, Carl’s dependence on Marie’s love to sustain him through bouts of melancholy and career setbacks, of which there were more than a few, and their unusual (for the time) intellectual partnership. There is ample evidence in the letters to support Stoker’s claim that Clausewitz was consumed by a desire to excel in combat through individual acts of courage, and that he was deeply disappointed that he never commanded more than a single battalion in combat, and then only briefly.
Most of his long career was spent not where he wanted it, but probably where it should have been, given his temperament and inclinations: as a staff officer, a planner and organizer, and as one of the main reformers of the Prussian army after its defeat in 1806.
Clausewitz: His life and Work is a fine, carefully crafted book, but it seems to me it could have more imaginatively illuminated the relationship between its subject’s experience at war and his influential and original ideas if the author had elected to write a more selective narrative, focusing closer attention on those battles and campaigns where we know a fair amount about Clausewitz’s own role in the engagements at hand, and less attention on campaigns in which his role is unclear, or negligible.
As it stands, the book rather heavily foregrounds detailed battle narrative, and Clausewitz, our ostensible subject, fades into the woodwork on a regular basis. At times I felt I was reading a slightly dry, systematic survey of European conflict sprinkled with references to Clausewitz, rather than a study which sought to connect his experience as a soldier to his huge corpus of writing.
Granted, partly this is a problem of sources the author identifies in the introduction.   Documents and firsthand accounts of Clausewitz at war by others are few and far between.  Still, Prof. Stoker might have been a bit less tentative, a bit more adventurous, in making connections between the life in the field and the ideas in the books, even if the connections were of necessity somewhat speculative.
And readers with little familiarity with European wars of Clausewitz’s time—and there were a great many—will look in vain for “big picture” introductions explaining what was basically at  stake in each conflict. The many campaigns have an unfortunate way of blurring into one another. 
In many ways Stoker’s battle narrative works best when it gives us rich context for Clausewitz’s own accounts of his combat experience, which are invariably as keenly observed as they are harrowing. Stoker provides an excellent account of the long siege battle on the Rhine at the battle of Mainz in 1793, in which Clausewitz first encounters war’s vast devastation in a night attack on one of the French bastions on the west side of the River:
“Let us accompany a novice to the battlefield. As we approach the rumble of guns grows louder and alternates with the whir of cannonballs, which begin to attract his attention. Shots begin to strike close around us. We hurry up the slope where the commanding general is stationed … Here cannonballs and bursting shells are frequent, and life begins to seem more serious than the young man has imagined … Now we enter the battle raging before us, still almost like a spectacle, and join the nearest divisional commander … A noise is heard that is a certain indication of increasing danger—the rattling of grapeshot on roofs and on the ground. Cannonballs tear past, whizzing in all directions, and musket balls begin to whistle around us … The air is filled with hissing bullets that sound like a sharp crack if they pass close to one’s head. For a final shock, the sign of men being killed and mutilated moves our pounding hearts to awe and pity.”
Such quotes certainly whet the appetite to read more of Clausewitz’s own, more obscure histories of campaigns in which he played a part. Regrettably, not many of them have been adequately translated.
Despite Clausewitz’s unfortunate tendency to permit battle narrative to dominate the main subject, this is an important and worthy book, especially for those who already have a reasonable familiarity with Clausewitz’s thought, and want to gain a sense of the personality and the experiences that gave rise to his ideas. For those less familiar with the ideas, the best place to start is Michael Howard’s recently re-issued classic, Clausewitz: A Very Short Introduction, and Peter Paret’s extraordinarily cogent essays on the man and his work in Understanding War.

1109. Entre los dos demonios

En la década de los setenta se le denominó la  teoría de los dos demonios a la concepción según la cual los actos de violencia y terrorismo perpetrados,  por un lado, por las Fuerzas Armadas de los países latinoamericanos envueltos en un régimen militar y por el otro el terrorismo de estado llevado a cabo por las organizaciones guerrilleras. Según esta concepción, las acciones de cada bando no sólo afectaron al que decían combatir, sino a ciudadanos que no hacían uso de la violencia.
De acuerdo con la teoría de los dos demonios, la represión emprendida por las fuerzas armadas  no puede ser analizada sin considerar también el accionar de los grupos de guerrilla urbana que cometieron gran cantidad de asesinatos y atentados terroristas, en su afán por instaurar un estado anarquista en el continente.
Otra línea de pensamiento, que algunos consideran cercana a aquella "teoría", afirma que el terrorismo de Estado es  peor, pues coloca a las víctimas en estado de completa indefensión.
La calidad de democracia peligra en México. La mayoría de los mexicanos están insatisfechos con esta forma de gobernar. La convicción a favor de un régimen democrático ha caído a su peor nivel desde que comenzó a medirse este indicador. El asunto no sólo debe preocuparnos sino ocuparnos. Es deber de las instituciones, los medios de comunicación, las organizaciones civiles y la ciudadanía el proteger y mejorar la democracia en México ya que evidentemente se está notando una  desilusión que eventualmente deriva en una regresión autoritaria.
México ocupa el penúltimo lugar en satisfacción con la democracia, con 21%, apenas tres puntos por arriba de Honduras. Uruguay lidera en ese rubro, con 82 por ciento”. Según Alejandro Moreno, investigador del ITAM, en México los dos factores que más influyen a la satisfacción o insatisfacción con la democracia son las opiniones acerca de la distribución del ingreso y las percepciones acerca de la seguridad, en ese orden. La primera y más importante influencia de la insatisfacción democrática es pensar que la distribución del ingreso en el país es injusta. Gran parte del reproche a la democracia se da por la permanencia de profundas desigualdades sociales.
La segunda influencia de la insatisfacción son las malas condiciones de seguridad, legado de varios años durante los cuales la delincuencia organizada ha sido un elemento constante en la opinión pública”.
El tercer lugar corresponde a la situación económica: la falta de crecimiento sí ha generado insatisfacción democrática y eso se ve reflejado en el humor de la gente. El cuarto factor es el temor a la delincuencia; el quinto el temor al desempleo; y el sexto se centra en las percepciones de integridad electoral. Respecto a esto último, la idea de que las condiciones de competencia electoral no son justas se conecta de manera directa con la insatisfacción democrática. En América Latina, el promedio de los 18 países de la región arroja 24% que opina que las condiciones de competencia electoral en su país no son justas; en México esa opinión alcanza 43 por ciento”.
¿Cuál es el demonio entonces? Para algunos han sido las reformas impuestas. Estamos hablando de la situación energética y su reforma ante la imposibilidad de torcer una  curva descendente que se está llevando miles de millones de dólares.   Es el ahogo de las finanzas públicas por la aplicación de programas ilimitados clientelista de apoyos, subsidios y despilfarro sobre todo a nivel de los Estados, cuya adecuación traerá consigo un profundo conflicto social como el que ya estamos viendo a nivel magistral, sindical  y burocrático. Son los graves desequilibrios en la distribución de oportunidades por las diferencias insalvables en la calidad educativa y en la dignidad habitacional.  Es la brutal expansión del narcotráfico, la violencia en todas sus dimensiones y el trabajo esclavo.
Estamos  siendo testigo de  una situación conflictiva que se presenta a partir de decisiones tomadas en torno a la modificación del tradicional aparato estatal vigente.  La reforma magisterial, energética, hacendaria, de telecomunicaciones y política ha generado un rechazo sectorial muy fuerte, por momentos cargados de una violencia, que proviene tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido, en su oportunidad, en muchos otros países. Ese es el otro demonio latente.
La investigadora Elizabeth Jelin afirma se habla de dos violencias, pero no en términos de equivalencias, sino en términos de "escalada de violencias" ya que una violencia (en este caso agitación popular)  despierta una represión mucho más brutal.
Cuando una enfermedad nos enfrenta a la dimensión temporal de la vida, se habilita el tiempo para la reflexión y todos los actores de la vida política deberían hacerlo. En el silencio de esa reflexión comienzan a aparecer los síntomas que el vértigo de un escenario conflictivo trata de ocultar.
Las reformas y las reacciones populares empiezan a mostrar los arboles donde antes sólo se veían los bosques. Entre el escenario de las cuestiones que se debaten, están las violaciones educativas, revisión de la cultura política, el delicado aparato estatal y hacendario, la falta de empleo y los aumentos de gasolina sumados al frágil respeto por las instituciones y la inseguridad ciudadana.
El Gobierno federal está toreando una situación  que no les es nada fácil. Quizá su principal enemigo sea hoy el propio federalismo ya que no sólo se tiene que encargar de los problemas propios de su responsabilidad como federación, sino también manejar la situación particular de los estados, cuyos déficits están cargados de corrupción, clientelismo, mal manejo de fondos,  programas pseudo sociales electoralistas y derroche de dinero para presumir y condicionar a la prensa, el personalismo  e imagen pública de sus gobernantes.  Las extremas diferencias sociales, el narcotráfico,  la grave situación del sistema educativo y de salud, la dependencia energética; el déficit fiscal y una economía a los tumbos son los hitos negros que hoy presentan los estados del país que marcan a fuego el escenario nacional.
En muchos estados vienen procesos electorales en el próximo año. En otros ya empiezan los movimientos sucesorios.  En todo caso será también el preparar los recursos para la operatividad y sucesión de su propio virreinato. En muchos de ellos hay una bomba latente que costará mucho desactivarla. Tengamos claro que no es cuestión de echar culpas a los predecesores sino a los constructores de esa bomba. El dejar una herencia  es como una bomba de racimos.
No hay sector que quede fuera de su alcance cuando explota.
Los dos demonios están: una sociedad agotada con un modelo agotado y una dirigencia arcaica y prebendaría frente a una sociedad que se acostumbró  al clientelismo.
Habrá que estar muy atentos para no volver a caer en la trampa. Por una buena vez el propio gobierno  debería hacerse cargo de sus propios y gravísimos errores cometidos y la sociedad asumir que así como están las cosas no da para más. Es la única forma de terminar  con todo tipo de slogan simplista que suele asignarse donde el TODOS es una simple demagogia para reafirmar los intereses de POCOS. 
Gustavo Ferrari Wolfenson. Ciudadano del mundo, enamorado de la vida, y feliz de lo que hace y siente. Como autor de "Relatos en Do Mayor" en el sitio "Desde Mi Maquina", narra su historia y vivencias de más de 40 países vividos y trabajados. 

581. “Las guerras son muy racionales”

Entrevista a Joan Esteban. Investigador y Secretario General de la International Economic Association.
Barcelona, España. Desde 1960 la humanidad ha padecido 280 guerras civiles y, en cambio, sólo 23 guerras internacionales. Un tercio de todos los países de la tierra han sufrido conflictos internos sangrientos y la mayoría han sido por motivos étnicos.
¿Las guerras entre Estados son peores?
Las guerras civiles han causado tres veces más víctimas que las interestatales. Y son más onerosas. El Banco Mundial advierte que algunas regiones siguen estancadas en la miseria por su conflictividad interna.
¿Por qué hay tantas guerras civiles?
Empecemos por descartar que se traten de mera locura momentánea de los pueblos que llegaría al paroxismo en el genocidio.
Hannah Arendt describe la "banalidad del mal" que inhibe la culpa y frivoliza el genocidio hasta el exterminio de bebés.
Esa banalidad criminal en todo caso surgiría tras un cálculo racional de intereses. El genocida puede abandonarse a la locura al asesinar, pero sabe bien por qué asesina.
En La lista de Schindler el nazi dispara al azar sobre judíos para distraerse.
La guerra es demencial en los actos, pero la decisión de hacerla surge de un cálculo de coste-oportunidad por el que las élites la instigan tras calibrar incentivos y desincentivos.
Así dicho suena peor que la locura.
Es la historia. Después de un expolio, como el de los judíos por los nazis, el incentivo para el genocidio era que con él los nazis se evitaban reclamaciones posteriores.
Primero les robas y luego les asesinas para que no te vuelvan a molestar.
Son actos criminales, pero racionales. Trabajamos con Laia Balcells de la Universidad de Duke en cálculos similares para la guerra civil española.
Pues manténgame informado.
Nosotros no somos moralistas, sino economistas: hemos creado un modelo teórico inédito en Teoría de Juegos que demuestra que las guerras responden a un cálculo y, por tanto, siguen unas pautas predecibles.
¿Las guerras sólo se empiezan para obtener un beneficio?
Sin incentivos no hay guerra.
¿Por qué se llega a matar?
Aquello que determina si inicias o no un conflicto es lo que esperas sacar de él. Si no hay expectativa de beneficios, no hay conflicto. Y siempre existen dos ejes de conflictividad: el intergrupal (interétnico, interreligioso, intercultural, intralingüístico)...
... El choque de civilizaciones.
Y el social: descrito por Marx como lucha de clases: las diferencias grupales de renta.
¿Cuál es más decisivo?
Sufrimos muchas más guerras por conflictos interétnicos que por lucha de clases.
¿Por qué?
Porque a las élites no les interesa la lucha de clases. Por eso, desvían la tensión que generan las desigualdades en la distribución de la renta hacia el conflicto interétnico o patriótico. Y nuestro modelo lo demuestra.
Veamos.
En cada sociedad analizamos dos índices cuantificables matemáticamente: el de conflictividad o fraccionalización (probabilidad de que si escoges dos individuos al azar sean de grupos diferentes)...
Que existan muchas tribus diversas.
Y el de polarización, que mide el grado en que esos grupos con intereses opuestos tienen un tamaño y poder similar.
Y, por tanto, les permite iniciar la guerra con posibilidades de ganar.
La polarización es relevante cuando la disputa se inicia para que toda una etnia o nación logre bienes intangibles colectivos, como implantar la charia o rehabilitar su cultura marginada por otra etnia.
¿Y si la lucha es por el petróleo?
Entonces es la fraccionalización la que decide si hay guerra. Porque cuando está en juego la riqueza de un país, cuantas más etnias se la disputen, más conflictividad hay.
Porque es más probable que la que se lleve el botín no sea la tuya y guerrees.

Otro escenario prebélico sería: mucho poder en juego -represión de un grupo por otro- y gran polarización étnica, porque, para guerrear, los oprimidos deben tener un tamaño y poder similar al de sus opresores.
¿Y si hay grandes divisiones de clase dentro de una misma etnia?
Imaginemos un país de ricos y pobres, pero en el que hubiera blancos pobres y blancos ricos; y negros pobres y negros ricos...
¿Qué es más decisivo para hacer estallar una guerra? ¿Quién pelea con quién?
Las élites siempre tienden a evitar el enfrentamiento entre clases y lo enmascaran o sustituyen por el interétnico, así que los blancos -ricos y pobres- acabarían en ese caso enfrentándose a los negros -ricos o pobres.
¿Por qué?
Porque la estrategia ganadora para las élites es cohesionar a ricos y pobres de su etnia para enfrentarlos a la otra. Por eso hay tantas guerras civiles en apariencia por motivos culturales o tribales y tan pocas por desigualdades de renta entre clases.
Unas enmascaran a las otras.
Y por eso el choque de civilizaciones de Huntington ha sustituido desde los años sesenta a la lucha de clases de Marx.
Ciencia por la paz
Las guerras son demenciales, pero surgen del cálculo racional de intereses de las élites que las financian y se hacen con la hegemonía cultural -el control de los media- para mutar la tensión por la desigualdad de rentas en conflictos de patria o interétnicos. Así, la lucha de clases de antaño es sustituida por el actual choque de culturas. Más allá de la retórica, el equipo de Joan Esteban, Debraj Ray y Laura Mayoral, financiados por AXA Research Fund, ilustra este proceso con un innovador modelo matemático que resulta de gran utilidad para quien quiera evitar -comprometámonos nosotros- las guerras y, en especial, las peores, las inciviles...
La Vanguardia.com. 28/12/12

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Universidad Autónoma de Zacatecas presenta: Panel sobre el Día Internacional de la Paz

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Cultura de Paz y No Violencia Monterrey. Juntos, Podemos hacer la Paz, Podemos Ser la Paz. Creador/Coordinador: José Benito Pérez Sauceda; *Pintura de la cabecera: Pérez Ruiz.
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