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1395. El papel de la educación en el post-conflicto

La educación es un factor determinante tanto en la guerra y como en la paz
Es motor de la guerra cuando se excluye a amplios sectores de la población por condiciones raciales o de género; cuando se somete la calidad de la educación a las condiciones del mercado; cuando se diseñan currículos que refuerzan los estigmas o se narra la guerra desde la perspectiva heroica del victimario.
Podría pensarse que basta con desmontar las anteriores variables para transformar las condiciones en las que la educación, que fue un impulso para la guerra, se convierta en un elemento que permita alcanzar la paz. Sin embargo, es prudente atender a las distintas experiencias de países que han hecho este tránsito y hoy, desde el posconflicto, se convierten en un referente para Colombia.
En 2014 el Kroc Institute for International Peace Studies analizó el papel de las reformas educativas en los acuerdos de paz de Guatemala, El Salvador, Filipinas, El Líbano, Irlanda del Norte y Sierra Leona, entre otros. El estudio presentó un conjunto de lecciones que Colombia podría replicar o evitar ante un posible escenario de posconflicto.
Un primer aspecto por tener en cuenta es el de cobertura y calidad. En el país la cobertura no debe ser pensada como el acceso inicial al sistema educativo, sino en términos de retorno, ya que muchos niños se han visto privados de este derecho por causa de la guerra: ya sea por la destrucción de la escuela, la imposibilidad de llegar a esta por el miedo a las minas antipersona, el reclutamiento ilícito o el desplazamiento forzado. De igual manera, la calidad no solo debe pensarse en términos de estándares y pruebas internacionales, sino en cuanto a la funcionalidad que tiene la educación para las realidades inmediatas de las distintas comunidades; lo que hace que sea prioritario que los estudiantes se reconozcan como ciudadanos portadores de derechos.
También resulta urgente romper el vínculo entre la calidad de la educación y la capacidad económica de quien accede a esta. Dejar la educación a las condiciones del mercado impide que esta sea un motor que genere movilidad social entre los individuos. La educación debe convertirse en un medio por el cual se puedan superar inequidades históricas que están en la base misma del conflicto.
El enfoque de este modelo debe centrarse en los territorios más afectados por la guerra y priorizar una perspectiva diferencial, que permita responder a las necesidades de las comunidades y no esperar a que dichas comunidades se ajusten al modelo educativo diseñado desde Bogotá. Este enfoque territorial ha sido determinante en países como Guatemala y El Salvador.
Por otro lado, en Irlanda del Norte, uno de los retos más grandes ha tenido que ver con la creación de una narrativa histórica que no agudice las diferencias culturales y políticas que dieron origen al conflicto. Este problema intentó superarse con la creación de una Educación para la comprensión mutua, cuyo propósito fue desafiar identidades y creencias sectarias, que impedían cualquier posibilidad de integración con ese “otro” al que solo se podía ver como enemigo. Este proceso buscaba generar integración y, sobre todo, reconocimiento. En Colombia el reto estaría en la capacidad de reconocer las dimensiones que ha tenido el conflicto tanto en el campo como en las ciudades, así como en el dolor de las víctimas en su amplio universo, de modo que no se mire a estas solidariamente según el victimario.
Por último, es fundamental aprovechar la coyuntura en que se dan los acuerdos de paz para realizar ajustes en las políticas educativas, ya que estos son periodos de grandes cambios en distintos niveles del país. Así, el sistema educativo no debe esperar que termine el proceso de paz y comience la implementación de los acuerdos para ver cómo puede contribuir a la paz. El sistema educativo no debe limitar su función a la de replicador de contenidos relacionados con la paz, sino que debe crear las condiciones necesarias para que esta sea posible, debe pensarse como el espacio donde el posconflicto se materialice y, sobre todo, debe generar las oportunidades para que las nuevas generaciones jamás contemplen la posibilidad de repetir, una vez más, la espiral de violencia que tantas veces ha retornado sobre la historia de Colombia.
Arturo Charria, Colombia, 26/09/15

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