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643. El Perdón: un regalo


Monterrey, Nuevo León. Cuenta Borges en "La Leyenda" el momento en que se encontraron Caín y Abel después del crimen. Se reconocieron a lo lejos, hicieron fuego y cenaron. Caín se dio cuenta de la marca que la piedra había dejado en la frente de Abel y le pidió perdón. Abel le responde: "¿Tú me has matado o te maté yo? Aquí estamos juntos como antes".
Si olvidar es requisito del perdón, el Abel de Borges perdonó a su hermano y con ello no sólo renovó la relación fraterna, sino que transformó su persona al no elegir la ley del talión, esa que exige ojo por ojo.
¿Es posible que el perdón repare un amor o una amistad?
Estamos expuestos a las ofensas. Las diferencias, los conflictos y sus soluciones son parte de la vida. ¡Cuántas noches de insomnio repasando pleitos! Bien dice Freud que el amor nos hace vulnerables. Vulnerables hasta el punto de infligirnos un autocastigo cuando peleamos.
Se dice que el resentimiento es un veneno que tomamos esperando que dañe al otro. Y sabiéndolo, nos empeñamos en pasar por el corazón una y otra vez la ofensa haciendo la herida más profunda. No es dignidad, es soberbia lo que nos impide enfrentar los conflictos con la humildad necesaria para resolverlos. Para perdonar, hay que querer hacerlo.
El perdón requiere esfuerzo y mucho amor. ¿No es perdonar el mejor de los regalos para celebrar la amistad? Voltea la mirada hacia la perspectiva de tu ofensor, ¿cuál es la versión del lobo en el cuento? La falta debe ser reparada, no vengada. Abel acepta la responsabilidad del conflicto, no recuerda quién mató a quién... cualquiera pudo haberlo hecho.
Muchos sostienen que perdonar es divino, y anulan sus posibilidades diciendo: "¡Que Dios lo perdone! Porque yo no puedo". Y es cierto, perdonar es divino, mas no porque sea una capacidad exclusiva de Dios, sino porque nos asemeja más a Él.
El perdón es un proceso de sanación, un cambio, una transfiguración. "Es un continuo pasar de la muerte a la vida", propone Roger de Taizé, ganador del premio UNESCO de Educación por la Paz.
Mientras dura el resentimiento no hay paz. El que te ofende espera agresión porque no conoce el poder incalculable del perdón. Sorpréndelo con ese regalo. Celebra el amor con la alegría de un corazón transformado por el perdón.
Lucy Garza de Llaguno. Licenciada en Lengua Inglesa con Postgrado en Ciencias de la Familia.
Lucy Garza de Llaguno. El Norte.com. 12/02/13

612. Eduque a sus hijos con principios de paz


Guatemala, Guatemala. El 30 de enero se conmemora el aniversario de la muerte de Mahatma Ghandi, líder político de India, ocurrida en 1948. El objetivo del día escolar de la No Violencia es educar a los hijos, desde la infancia, con tolerancia, respeto y amor. La importancia de la celebración se enfoca en el futuro de una sociedad más amable, solidaria, tolerante y con mejor cultura de paz.
Las técnicas para corregir las conductas inadecuadas de los hijos no se traen desde siempre; son aprendidas. Por eso la psicóloga Claudia Cuyún, asesora educativa y familiar, aconseja prestar atención a la educación que recibieron los padres en el pasado.
“Dar una mirada al pasado de nuestra infancia, pensar y decidir cuál de los métodos que aplicaron en nosotros nos ayudó o nos lastimó. Cuáles son aquellos sistemas de corrección que adoptaríamos de nuestros padres y cuáles cambiaríamos”, aconseja.
Firmeza, pero no golpes
A criterio de la especialista, la firmeza es necesaria para que los hijos conozcan sus límites y lo que se espera de ellos; pero, no se aconseja agredir (golpear o jalar el cabello).
“La paradoja está en que con la misma mano que se le acaricia se le pega. El niño entrará en un período de confusión y es muy posible que a futuro rechace el afecto a nivel físico ya que ha sido lastimado y dolido a través del contacto físico”, afirma Cuyún.
Si la ira es incontrolable, se debe consultar la ayuda de un experto, pues quizá se debe realizar un proceso psicoterapéutico que revise algunos patrones de corrección que fueron aplicados a los padres en su infancia y que inconscientemente aplican ahora a sus hijos.
Evolución de la educación
Según la experiencia de Claudia Cuyún en la Psicología, los padres han cambiado la perspectiva desde hace muchos años. Actualmente, asegura, quieren estar más cerca de sus hijos, desean tener una amistad. Están dispuestos a aprender y a modificar las técnicas de corrección.
“Sin embargo, me he dado cuenta de que existen casos en que los padres han perdido absoluta autoridad en los hijos y tienen miedo a corregir, a reprobar conductas. Los padres no deben perder de vista su rol de padres que está orientado a formar no a tolerar”, resalta.
Los distintos modelos familiares también han contribuido a la falta de un manejo uniforme de la corrección de los hijos, según Cuyún. La falta de uno de los padres o de ambos, por motivos de trabajo, abandono u otro, genera que los niños y adolescentes aprendan las conductas en la calle o con personas que no son las correctas guías, afirma.
Recuadros
·                     Las frases asertivas
Según Cuyún, se ha comprobado que los comentarios en positivo que solicitan la conducta deseada en los niños son mejor aceptadas. Por ejemplo: “Hay que hacer silencio”, el niño interpreta: (niño = silencio). Mientras que: “No puedes hablar”, el niño interpretará: (niño =hablar). Además es mucho más motivador hablar con este tipo de frases que estar constantemente diciendo NO.
·                     La corrección positiva en los adolescentes
Cuando se da la corrección, debe combinarse con una serie de refuerzos positivos.
1. Corregir con firmeza pero con amor. Por eso debe ser cuidadosa la corrección quitando todo sarcasmo, ironía y ofensas. Combatir la acción, la actitud equivocada y no su ser.
2. Examinar si como padres son responsables de aquello que quieren corregir. Por ejemplo: Reclamarle que fume, si el padre fuma; decirle que es un borracho, y ve a los padres tomar; o mentiroso, y oye que los padres mienten. Cuando se ve hacia adentro como padres y se reconoce la responsabilidad, es mucho mejor aceptada la corrección por parte del hijo. Es decir, invitarlo a que reflexione sobre las consecuencias de sus actos.
3. Corregir a solas, sin humillarlo en público. Sin comparaciones, ya que él/ella es él/ella y no los primos, amigos, hijos de amigos, etc.
4. Escuchar y no juzgar.
5. Centrarse en el tema. Evitar los “tú nunca, tú siempre”. La corrección debe ser específica y concreta.
6. Saber perdonar y darle tiempo de mejorar y enmendarse.
Pavel Gerardo Vega. Siglo21.com.gt. 30/01/13

604. Tolstói, el maestro de Gandhi


Madrid, España. Apunten esta fecha: 7 de septiembre de 1910. Pocas semanas antes de morir en la estación de tren de Astapovo, Lev Tolstói escribe la última de sus cartas a Mahatma Gandhi. El futuro padre de la independencia de la India vivía entonces en Sudáfrica, controlada por las metrópolis europeas, donde luchaba por los derechos de los indios que trabajaban en ese país.
"Requerir que cese toda aplicación obligatoria de impuestos, así como la abolición de todas las instituciones legales y de la policía y, por encima de todo, de las instituciones militares". Esas eran algunas de las recetas del escritor ruso, pero no sólo para ese país africano, sino para todo el mundo. Para entendernos: Tolstói estaba echado al monte.
El autor de Guerra y paz se había radicalizado en los últimos años de su vida, como demuestra la lectura de El reino de Dios está en vosotros (1890-1893), ensayo casi inédito en España (la anterior traducción se hizo en 1902) que la editorial Kairos publica ahora. "Su lectura me abrumó. Me marcó para siempre", admitió Gandhi, cuya primera carta a Tolstói, recogida en la nueva edición del ensayo, data de 1901.
De la nobleza a la barricada
Lo curioso es que nada hacía presagiar que el novelista, descendiente de la más antigua nobleza rusa (su padre era conde y su madre princesa), pudiera acabar influyendo decisivamente en el pensamiento del célebre revolucionario indio.
Tras pasar por el Ejército y dedicarse con tremendo éxito a la literatura, Tolstói sufrió una "terrible crisis existencial y espiritual que lo sume en una profunda depresión, y que lo lleva al borde del suicidio", recuerda Joaquín Fernández-Valdés, traductor de El reino de Dios está en vosotros. "Siente un abismo y necesita encontrar un sentido a la vida. Busca frenéticamente respuestas en la ciencia y en la filosofía primero, y en la Iglesia ortodoxa después. Muy decepcionado por lo que halla en todas ellas, investiga entonces en la fuente original del cristianismo: las sagradas escrituras", apunta Fernández-Valdés.
Ahí surgió el chispazo en la cabeza del escritor. El autor de La muerte de Iván Ilich concluyó que las enseñanzas pacifistas que Cristo impartió en el Sermón de la Montaña fueron traicionadas por la Iglesia. Preso de ira, abandonó progresivamente la ficción y se centró en la publicación de panfletos de agitación político-religiosa. Su descomunal fama no evitó que El reino de Dios está en vosotros fuera censurado en Rusia "aunque corrió de mano en mano clandestinamente", apunta su traductor- y que se publicara con éxito en países como Inglaterra, Francia, Alemania y EEUU.
Tolstói arremetió en el libro contra la Iglesia, por conciliar violencia y religión, y el Estado, que sólo sirve para oprimir a la población en beneficio de unos pocos. "Ni la banda del malhechores más despiadada es tan terrible como una organización estatal", escribió sin tapujos.
Influido por el ensayo Henry David Thoreau La desobediencia civil, plasmó también su particular visión sobre la doctrina de la no violencia, convirtiéndose en una mezcla de filósofo anarcopacifista e ideólogo cristiano libertario. "El auténtico cristianismo la doctrina de la resignación, del perdón a las ofensas y el amor y el Estado con toda su pompa, su violencia, sus ejecuciones y sus guerras son dos conceptos irreconciliables. La profesión del auténtico cristianismo no sólo excluye la posibilidad de reconocer el Estado, sino que destruye sus cimientos", bramó el novelista ruso.
La lectura del libro inflamó el pensamiento de Gandhi. La correspondencia entre ambos se inició el 10 de noviembre de 1901. Gandhi le escribe desde Londres para hablarle sobre la lucha de los indios en la provincia sudafricana de Transvaal, donde ya se estaba cocinando el experimento sudafricano conocido posteriormente como Apartheid.
Y ya puestos pidió a Tolstói que utilizara "su influencia" para popularizar el movimiento de resistencia. "De tener éxito no sólo sería un triunfo de la religión, el amor y la verdad sobre la irreligión, el odio y la falsedad, sino que muy probablemente sirviera como ejemplo para los millones de seres que viven en la India, o para gentes en otras partes del mundo que pudieran estar oprimidas, y que ciertamente significaría un avance de cara a acabar con la violencia, al menos en la India. Si aguantáramos hasta el final, como creo que seremos capaces de hacer, tengo pocas dudas acerca del éxito final", escribe Gandhi sobre una lucha sin cuartel que desafiaba abiertamente las leyes racistas con actos de desobediencia pacífica reprimidos a lo bestia por las autoridades coloniales.
Vía revolucionaria
Lev Tolstói, que a lo largo de su vida escribió nada menos que 10.000 cartas a personajes tan variopintos como el zar Nicolás II, el poeta Rainer Maria Rilke y al escritor George Bernard Shaw, no tardó en responder a Gandhi. "¡Que Dios ayude a nuestros queridos hermanos y colegas del Transvaal! También entre nosotros se deja sentir intensamente esa lucha entre gentileza y brutalidad, entre humildad y amor, orgullo y violencia, sobre todo en el choque entre deber religioso y las leyes del Estado, expresado en la negación a prestar el servicio militar. Esas negaciones se producen cada vez con mayor asiduidad", escribió aludiendo a los rusos que se negaban a servir en el Ejército de su país.
En la larguísima carta que puso fin en septiembre de 1910 a la correspondencia entre los dos hombres, Lev Tolstói disertó a fondo sobre la táctica que popularizaría Gandhi años después en la India ocupada: la resistencia no violenta. "La vida de las naciones cristianas presenta una contradicción entre el amar, que debería prescribir la ley de conducta, y el uso de la fuerza, que puede reconocerse bajo diversas formas, como gobiernos, tribunales y ejércitos, que se aceptan como necesarios y apreciados", escribe. ¿Y contra las porras y la represión? Una buena dosis de amor, concluyó enfebrecido el novelista ruso: "Lo que denominamos la renuncia a toda oposición mediante la fuerza, simplemente implica la doctrina de la ley del amor no pervertida por sofismas la ley del amor deja de ser válida si se defiende por la fuerza".
Tolstói zanjó su incendiaria misiva profetizando que la no violencia acabará convirtiéndose en el arma revolucionaria que haría tambalear a los poderosos: "Los gobiernos saben de dónde procede la mayor de sus amenazas y permanecen en guardia y ojo avizor, no sólo para preservar sus intereses, sino también para proteger su propia existencia". Lo que sonaba a bravata y a idealización ingenua del amor y la resistencia pasiva, acabaría transformándose en un movimiento de masas que, liderado por Mahatma Gandhi, se llevaría por delante al todopoderoso Ejército británico que ocupaba la India. Quizás las autoridades británicas se arrepintieran a posteriori de no haber controlado la correspondencia de Gandhi.
Carlos Prieto. Público.es. 06/02/12

Para saber más:
Lev Tolstói. El reino de dios está en vosotros. Editorial Kairós. Barcelona. 2010
Contiene la correspondencia completa en español entre Tolstói y Gandhi

Leon Tolstoi, un hombre santo a más de 100 años de su muerte
Lima, Perú. Presentamos una breve lectura de la vida y obra del novelista y moralista ruso, Leon Tolstoi (1828-1910) a más de 100 años de su muerte. El libro "Todos los Santos" de Robert Elisberg nos muestra a Tolstoi, en su aspecto positivo, y donde enseña un cristianismo depurado basado en la creencia en un Dios interior "muy activo en el corazón de nuestro corazón", Dios interior que se manifiesta como espíritu de amor y que, como tal, está presente en el espíritu de cada ser humano.
El conde Leon Tolstoi nació en el año 1828 en el seno de una familia adinerada y aristocrática. A los dieciséis años abandonó su fe ortodoxa de la niñez. Según lo narró él mismo, pasó gran parte de su juventud en persecución del placer, la gratificación sensual y vanas distracciones. Luego de servir como oficial militar en la guerra de Crimea, y de viajar al extranjero, se estableció con su esposa, Sonia, en la propiedad de su familia, Yasnaya Polyana. Allí se dedicó a la escritura que habría de traerle tanta fama y aún mayor riqueza. Sus “La guerra y la paz” y “Ana Karenina” fueron aclamadas de inmediato como obras de un genio, entre las más grandes novelas escritas.
Y, sin embargo, a pesar de su éxito, Tolstoi estaba obsesionado por una enfermedad subyacente: el ansia por encontrar un sentido más profundo de la vida. Se hallaba afectado por la vieja sospecha de que estos sentimientos de vacío eran desconocidos entre los campesinos. Emulando sus vidas de pobreza, trabajo y simple fe, esperaba hallar el secreto de la felicidad que de otra manera parecía eludir a los miembros de la clase privilegiada.
Así, Tolstoi profesó en forma pública su retorno a la fe ortodoxa. Éste se reflejó de inmediato en la naturaleza de sus escritos. No sintió que fuese apropiado, ya, escribir novelas "vanas". Sus escritos futuros debían servir a sus convicciones religiosas. Pero se vio envuelto asimismo en tensiones personales y públicas y controversias, comenzado por su vida familiar, Sonia, la madre de sus trece hijos, que había servido fielmente como asistente literaria tanto como esposa devota, halló imposible simpatizar con sus obsesiones religiosas. Encontraba que Tolstoi estaba desatendiendo de manera imprudente el bienestar y los intereses de su propia familia.
Esta discordia era sólo un íntimo reflejo de la lucha interna del propio Tolstoi. Esta lucha por obtener coherencia entre sus ideales y su vida continuó sin disminución por el resto de sus días. Su estudio de los Evangelios lo llevó de manera creciente a la convicción de que la verdadera esencia del cristianismo se hallaba recubierta por una costra debido al dogmatismo, al ritual y la subordinación a la autoridad secular. El corazón del Evangelio, en su opinión, había que hallarlo en el Sermón de la Montaña, con temas tales como el de la presencia del Reino de Dios dentro de cada alma, el consejo de la pobreza voluntaria y la no resistencia al mal, y la "ley del amor". Atacó a la Iglesia ortodoxa por desatender estos principios y, como represalia, fue excomulgado en el año 1901.
Tolstoi donó su propiedad a sus hijos, renunció a los derechos de sus escritos religiosos, se vistió como un campesino y se dedicó a trabajar varias horas por día en el campo. En su obra ¿Qué debe hacerse? había enunciado en forma clara su filosofía de que era necesario ganarse la vida por medio del trabajo, la convicción de que cada persona debía llevar a cabo alguna labor física para mantener su existencia. La filantropía no era suficiente. Ésta podía compararse, dijo, a un hombre montado sobre un caballo sobrecargado, que intenta aligerar el peso del animal, sacando unas pocas monedas de su bolsa cuando lo esencial seria desmontar.
Tolstoi escribió de forma extensa sobre la filosofía de la no violencia y la desobediencia civil. Entre sus ávidos lectores se encontraba un joven abogado indio de Sudáfrica, Mohandas Gandhi, que se volvería, indiscutiblemente, su discípulo e intérprete más efectivo. En cuanto a sí mismo, Tolstoi permaneció obsesionado por la noción de que él estaba meramente actuando su papel como cristiano.
El 28 de octubre de 1910, a los ochenta y dos años, Tolstoi escapó de su hogar, acompañado sólo por el médico de la familia. En una nota a Sonia escribió: "Hago lo que la gente de mi edad hace a menudo: abandonar el mundo para pasar mis últimos días sólo y en silencio." Esta extraña huida hacia la soledad no lo condujo lejos. El 10 de noviembre cayó enfermo mientras viajaba en tren. Se detuvo en Astapova y fue llevado a la casa del jefe de estación. Allí se descubrió su identidad rápidamente. En pocos días una muchedumbre de discípulos, curiosos, periodistas y miembros de la familia habían convergido en este oscuro pueblo para estar presente a lado del lecho de muerte de un gran hombre. Sus últimas palabras fueron: "Buscar, siempre buscar." Murió el 20 de noviembre de 1910.
Blogpucp.edu. 19/11/10

La autoridad moral de Tolstói
Madrid, España. Las epopeyas y la literatura de nuestro mundo clásico fueron obras de auténticos maestros: hombres que poseían una «autoridad moral». No escribían para entretener a un pueblo ocioso y aburrido, sino para comunicar a sus lectores una experiencia de la vida.
Presentar un debate sobre el Escritor como Autoridad Moral sería un acontecimiento en este centenario de Tolstói, porque nadie parece saber ya lo que eso significa. Ahí estamos los escritores, orgullosos de nuestros premios o nuestras cifras de venta. ¿Qué significamos para la fe de los hombres? ¿Qué valores proponemos a la sociedad? ¿Qué somos más que vendedores de historias de papel?
El mundo occidental, falto de fe y de autoridad moral, va dejando inmensos desiertos de ideas y valores en el alma de los hombres. Y esas landas áridas de desengaño y aburrimiento son claramente visibles por cualquier enemigo que tenga un mínimo de inteligencia y de fuerza. Los desiertos morales son siempre «espacios conquistables». No es extraño que los fanáticos redoblen sus golpes y sus asaltos en esos vacíos donde ven la flaqueza de su enemigo. Hace muchos años, un camellero del Sahara me enseñó que los hombres del desierto transmiten a sus hijos una sabia y prudente cautela: si el jeque no construye una ciudadela en la roca más alta, la comarca será invadida, tarde o temprano, por una tribu de bandidos.
La no violencia
Cuando Gandhi inició la lucha por la independencia de la India y la fundamentó en la no violencia, eligió la vía de la «autoridad moral». Y Churchill y Mountbatten –sus adversarios políticos– se dieron cuenta pronto de que estaban perdidos ante aquel profeta que vestía como un paria pero que sabía ocupar las alturas de la ciudadela… Y así ocurrió que los propios británicos fueron conquistados por la autoridad moral de Gandhi. He tenido en mis manos los libros que Gandhi enviaba a su maestro Tolstói y que se conservan en la biblioteca de Iásnaia Poliana.
Los británicos perdieron el Imperio en esa batalla intelectual porque son un pueblo que entiende –o entendió siempre– el lenguaje de la «autoridad moral». Y no habrían perdido jamás la batalla en una guerra convencional. Hitler fue ajusticiado en una guerra con Inglaterra y Estados Unidos, pero Gandhi no perdió la suya.
Gandhi fue asesinado, sin embargo, por un fanático musulmán. Y hoy reaparece ese problema que nos afecta tanto a nosotros como a los propios musulmanes liberales. Hay unos fanáticos que se disfrazan de «autoridad moral» y seducen a las masas. ¿Qué tenemos nosotros para oponerles?
El materialismo nos destruye y nos arrastra en su caída por falta de valores. Y, al otro lado, en nuestro desierto moral sin ciudadelas, el fanatismo siempre encontrará supersticiones para exaltar a terroristas y kamikazes. No nos servirán las bonitas razones del «sereno ateísmo racionalista» para luchar contra esa barbarie.
Tolstói fue ya un precursor en esta batalla, cuando se rebeló contra la frialdad racionalista y la tibieza del relativismo moderno. Tenemos que responder con nuestro corazón y nuestra fe. Este es un reto que, en estas fechas del centenario de Tolstói, se plantea claramente a los jóvenes.
No sé si un contemporáneo puede presumir de conocer mejor a un maestro por haberlo tratado personalmente. Yo tuve que conformarme con leer pacientemente obras, biografías y cartas de Tolstói, buscando a sus amigos y discípulos, recorriendo su mundo y visitando muchas veces sus casas en Rusia.
La oscuridad de los siglos
Me dolía en el alma comprobar que mis coetáneos hablaban de Tolstói como si fuese un resto arqueológico perdido en la oscuridad de los siglos. Me apenaba ver cómo inculcaban a los jóvenes una imagen lejana y empolvada del maestro, creando una falsa distancia que los expertos del oscurantismo iban ahumando intencionadamente para crear un efecto tenebroso. Me daba cuenta de que, en el escaparate del mundo materialista moderno, hay expertos en ensombrecer y ocultar, igual que hay especialistas en iluminar. Es muy fácil dirigir un foco a un escenario para dar fuerza a un figurante y, por el contrario, oscurecer a una primera figura apagándole las luces. Ni comunistas ni capitalistas, ni piadosos ni ateos amaban la figura de Tolstói, el viejo profeta ruso que, leyendo el Evangelio de San Mateo, había fundamentado una filosofía de la no violencia. Y, al final de su vida, muchos le consideraban un viejo loco, más que un maestro; sobre todo desde que –a causa de sus ideas místicas pero rebeldes– había sido excomulgado por la Iglesia rusa.
Pero, a pesar de que el burdo materialismo del siglo XX quería apartarnos del pasado espiritual de Europa y pretendía entretenernos con fuegos artificiales, algunos nos dábamos cuenta de que Tolstói no estaba tan lejos y que sus diatribas contra la caída de los valores y la falta de fe eran apasionantes. Porque la «autoridad moral» no sólo es el fundamento de la política sino también la base conmovedora de la gran Literatura.
No todo el pasado se había hundido en las tinieblas y en la lejanía, como querían hacernos creer los vendedores de «novedades». Alexandra Lvovna Tolstaia –la hija de Tolstói– vivía en Valley Cottage en 1972, cuando pude conocer a esta fiel compañera de su última y desesperada fuga. Era ya casi nonagenaria, pero aún se ocupaba de los huérfanos y de los emigrantes y, en la Tolstoy Foundation, mantenía vivos los ideales pedagógicos, humanistas y morales de su padre. Fue ella quien ayudó a Nabokov y a Rachmaninoff a huir de los bolcheviques.
Me conmovió la presencia del «pensamiento» de Tolstói in partibus infidelium, porque allí, en Estados Unidos, estaban también los más fuertes y optimistas promotores de la nueva revolución capitalista y los apóstoles del olvido de los valores del Viejo Mundo. Occidente ha producido buena parte de la propaganda materialista e inmoral que hemos consumido con avidez; sobre todo desde que los títeres del Telón de Acero dejaron de representarse cuando se les derrumbó el teatro.
Los muertos están muy vivos
Y, sin embargo, los norteamericanos no han perdido sus símbolos de identidad cultural ni sus valores. Creen en sus precursores y en sus pioneros, mantienen su fe y defienden hasta el heroísmo a un país gobernado democráticamente para que la política no corrompa los ideales de la cultura…
«Grave and hesitating, grave y titubeando –leemos en Whitman– escribo estas palabras: Los muertos están vivos. Quizá son los únicos vivos, los únicos reales, y yo el aparecido, yo el fantasma.»
¿Sentiremos esa vergüenza los europeos al conmemorar el centenario de Tolstói? ¿Tendremos la valentía de proclamar que nuestros muertos también están vivos?
Quizá ya es tarde para Tolstói e, incluso, para Nietzsche, que sería más duro con ciertos filántropos de la política (ahora les llaman «buenistas»). Hemos perdido la idea del bien común que fue tan importante para el cristianismo y para Tolstói: «El reino de Dios está en vosotros». Pero el bien común implicaba deberes y derechos, mientras que el «buenismo filantrópico» consistió siempre en dar lo que nos pidan, sin responsabilidad ni criterio, para que nos dejen tranquilos…
No nos respetamos a nosotros mismos –diría Tolstói– y por eso no sabemos amar… Hemos creado un mundo capaz de globalizar una enorme riqueza material, pero somos incapaces de globalizar la infinita riqueza moral y espiritual que tenemos en nuestra ciencia y en nuestra cultura…
¿Esperamos acaso que la felicidad universal se parezca a la posesión espasmódica de la riqueza material?… ¿Nadie lee ya el Evangelio de San Juan?: «El conocimiento de la verdad es lo que os hará libres»… Medio mundo cree en verdades fanáticas sin libertad. Y el otro medio busca una experiencia de la libertad sin verdad.
No son los políticos los que pueden recuperar los valores de nuestra cultura, sino que se necesitan «autoridades morales»…
Mauricio Wiesenthal. Autor del libro: “El viejo León Tolstói. Un retrato literario”.
Mauricio Wiesenthal. abc.es. 19/11/10

231. ¿Para qué hablar de amor?

Mejor...Hablemos de Paz
¿Para qué hablar de amor?
Laura Aída Pastrana Aguirre
El tema original de este comentario era “El Arte de Amar, de Erich Fromm” porque, como cada mes, me había preparado para hacer una breve reseña de alguna obra considerada interesante y era el turno de ésta. El Arte de Amar se convirtió en algo más que una simple obra literaria, se convirtió en un hacer, saber, construir, conocer y sentir el amor.
Luego pensé que era demasiado ambicioso reseñar una obra de tal categoría, así que lo titulé ¿porqué hablar de amor? pero todas las respuestas me llevaban a las justificaciones retóricas del amor. ¿Para qué hablar de amor? me implicaba un reto mayor, pues las hipotéticas respuestas tendrían que cargarse de significados positivos y la razón es muy simple, si nos preguntáramos el porqué de las cosas, nos regresaríamos posiblemente a la historia, a las justificaciones o razones de lo ocurrido; en cambio, si nos preguntáramos el para qué, tendríamos que avanzar en el pensamiento, con el fin de encontrar las razones o justificaciones de lo que está por venir.
Fue así como me decidí a intitular mi comentario ¿Para qué hablar de amor? no contradiciendo la extraordinaria construcción que de él hace Fromm, sino en un intento por explicar el para qué de la trascendencia del amor desde la perspectiva biológica de Maturana. Nada es posible si no se intenta, así que intentaré explicar lo que es el amor desde las palabras de Maturana, incluso desde el explicar mismo, ya que “la reformulación de la experiencia, cuando es aceptada por quien la escucha, se convierte en explicación”.
En esta reflexión de Maturana, cabría la interrogante de saber si el que escucha o en este caso el que lee, está en interacción con quien escribe y le corresponde en el pensar; es decir, si coincide o no en la concepción del amor. Veamos, Maturana manifiesta que la palabra amor es de uso cotidiano para hacer referencia a la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia, por tanto, amar es abrir un espacio de interacciones recurrentes con otro, en el que su presencia es legítima sin exigencias.
Para amar se ha de estar vivo, cuya exigencia no se requiere para ser amado; así, mientras se está vivo se encuentra en interacciones recurrentes con el medio, bajo condiciones en las que el medio y nosotros cambiamos de manera permanente. Sólo si nosotros en lo individual o colectivo cambiamos, cambia nuestra circunstancia, y nuestra circunstancia cambia sólo si nosotros cambiamos.
Entonces, el pertenecer a la misma historia determina una congruencia conductual de dos o más organismos en convivencia, es el resultado de una historia de cambios estructurales congruentes en un ámbito de interacciones recurrentes que, directa o indirectamente, han contribuido recursivamente a configurar los mismos cambios que surgen de esa historia.
Así, mientras se está vivo con el otro y se está en interacción y cambio, se está también en la aceptación del otro como un legítimo otro, lo que significa que no se trata de un sentimiento, sino de un modo de actuar.
Para que haya historias de interacciones recurrentes tiene que haber una emoción que constituya conductas que resultan en interacciones recurrentes. Si esa emoción no se da, no hay historia de interacciones recurrentes, y sólo hay encuentros casuales y separaciones.
Si no hay historia construida en la interacción con otro que defina el rumbo mismo de la acción no hay amor, luego entonces no tendría sentido hablar de él.
El oponente al amor es el rechazo, que constituye el espacio de conductas que niegan al otro como legítimo en la convivencia. El rechazo y el amor no son alternos, porque la ausencia de uno no lleva al otro y ambos tienen como alternativa la indiferencia.
Rechazo y amor también son opuestos en sus consecuencias en el ámbito de la convivencia; el rechazo la niega, y el amor la construye.
Para Maturana no todas las relaciones humanas son relaciones sociales, sólo aquellas que se fundamentan en el amor, porque las demás serán acaso, relaciones de poder, de subordinación, de dominio, en las que uno y otro ser se niegan a sí mismos.
¿Para qué hablar de amor? quizá sólo para plantear que lograremos un mundo en armonía cuando convivamos con amor entre los seres humanos y la naturaleza, no siendo así, Mejor… hablemos de Paz
Laura Aída Pastrana Aguirre. Licenciada en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México UNAM. Diplomada en Criminalística por la Universidad Anáhuac, México. Especialista en Derecho Penal Económico por la Universidad de Castilla la Mancha, Toledo, España. Maestra en Ciencias Penales por la Universidad Anáhuac, México. Estudios concluidos de Maestría en Estudios para la Paz y el Desarrollo, por la Universidad Autónoma del Estado de México UAEM. Doctora en Administración Pública por la Universidad Anáhuac, México. Catedrática de las materias de Teoría General del Derecho Penal y Sociología Jurídica en la UAEM. Catedrática de la materia Clínica de Introducción a la Mediación en la Escuela Judicial del Poder Judicial del Estado de México. Jefa de Departamento en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal. Asesora Jurídica en la Comisión de Gobierno de la Primera Legislatura de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Subdirectora de Recomendaciones Legales en la Procuraduría General de la República. Asesora Jurídica en Oficina de Enlace de la Cámara de Diputados. Profesora Investigadora en el Centro de Investigación en Ciencias Jurídicas, Justicia Penal y Seguridad Pública de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma del Estado de México. mejorhablemosdepaz@yahoo.com.mx

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