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António Guterres sobre la crisis en Oriente Medio: Es hora de dar un paso atrás


El titular de la ONU pide máxima contención a todas las partes, condena el ataque de drones y misiles contra Israel, el bombardeo contra instalaciones diplomáticas de Irán, los actos de represalia que impliquen el uso de la fuerza y un alto el fuego humanitario inmediato en Gaza
Los pueblos de Oriente Medio se enfrentan al peligro real de un devastador conflicto a gran escala, declaró el domingo António Guterres, quien instó a la "máxima moderación" en una región "al borde del abismo", horas después de que Irán lanzara drones de ataque y misiles contra Israel durante la noche del sábado.
"Es vital evitar cualquier acción que pueda conducir a grandes enfrentamientos militares en múltiples frentes en Oriente Medio (...) Ahora es el momento de la máxima moderación", dijo el Secretario General de la ONU a los delegados en la apertura de una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad.
Guterres explicó que la sesión de emergencia fue convocada por Israel tras lo que describió en una carta como "un ataque directo lanzado por Irán (..) de más de 200 UAV, misiles de crucero y misiles balísticos hacia Israel en clara violación del derecho internacional".
El jefe de la ONU añadió que, en una carta separada, Irán había declarado que había llevado a cabo una serie de ataques militares contra objetivos militares israelíes 'en el ejercicio del derecho inherente de Irán a la legítima defensa, tal y como se recoge en el artículo 51 de la Carta de la ONU, y en respuesta a las recurrentes agresiones militares israelíes, en particular su ataque armado del 1 de abril de 2024 contra la sede diplomática iraní' en Damasco.
Calmar la situación
También el domingo, el Alto Comisionado para los Derechos Humanos, Volker Türk, condenó el ataque de Irán contra Israel.
"Estos ataques con misiles y aviones no tripulados corren el riesgo de causar daños significativos más allá de los objetivos militares y de poner en peligro a la población civil. Esto sólo echa leña al fuego en toda la región. Recuerdo a todas las partes sus obligaciones en virtud del derecho internacional humanitario y la legislación internacional sobre derechos humanos", afirmó Türk en un mensaje a la prensa.
Además, expresó su profunda preocupación por el coste potencial en términos humanitarios y de derechos humanos si esta escalada conduce a un conflicto más amplio en Oriente Medio.
"Insto a todas las partes a que tomen medidas para distender la situación y hago un llamamiento a terceros Estados, en particular a aquellos con influencia, para que hagan todo lo que esté en su mano para garantizar que no se produzca un mayor deterioro de una situación ya de por sí extremadamente precaria", afirmó.
Centro de Noticias ONU. (14 Abril 2024) António Guterres sobre la crisis en Oriente Medio: Es hora de dar un paso atrás. Centro de la ONU. Recuperado el 16 de Abril de 2024.
https://news.un.org/es/story/2024/04/1529016

979. 10 preguntas para entender por qué pelean israelíes y palestinos

1. ¿Cómo empezó el conflicto?
Alentado por el antisemitismo que sufrían los judíos en Europa, a comienzos del siglo XX tomó fuerza el movimiento sionista, que buscaba establecer un Estado para los judíos.
La región de Palestina, entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, considerada sagrada para musulmanes, judíos y católicos, pertenecía por aquellos años al Imperio Otomano y estaba ocupada mayormente por árabes y otras comunidades musulmanas. Pero una fuerte inmigración judía, fomentada por las aspiraciones sionistas, comenzaba a generar resistencia entre las comunidades.
Tras la desintegración del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial, Reino Unido recibió un mandato de la Liga de Naciones para administrar el territorio de Palestina.
Pero antes y durante la guerra, los británicos habían hecho diversas promesas a los árabes y a los judíos que luego no cumplieron, entre otros motivos porque ya se habían dividido el Medio Oriente con Francia. Esto provocó un clima de tensión entre nacionalistas árabes y sionistas que desencadenó en enfrentamientos entre grupos paramilitares judíos y bandas árabes.
Luego de la Segunda Guerra Mundial y tras el Holocausto, aumentó la presión por establecer un Estado judío. El plan original contemplaba la partición del territorio controlado por la potencia europea entre judíos y palestinos.
Tras la fundación de Israel el 14 de mayo de 1948, la tensión pasó de ser un tema local a un asunto regional. Al día siguiente, Egipto, Jordania, Siria e Irak invadieron este territorio. Fue la primera guerra árabe-israelí, también conocida por los judíos como guerra de la independencia o de la liberación. Tras el conflicto, el territorio inicialmente previsto por las Naciones Unidas para un Estado árabe se redujo a la mitad.
Para los palestinos, comenzó la Nakba, la llamada "destrucción" o "catástrofe": el inicio de la tragedia nacional. 750.000 palestinos huyeron a países vecinos o fueron expulsados por tropas judías.
Pero 1948 no sería el último enfrentamiento entre árabes y judíos. En 1956, una crisis por el Canal de Suez enfrentaría al Estado de Israel con Egipto, que no sería definida en el terreno de combate sino por la presión internacional sobre Israel, Francia e Inglaterra.
Pero los combates sí tendrían la última palabra en 1967 en la Guerra de los Seis Días. Lo que ocurrió entre el 5 el 10 de junio de ese año tuvo consecuencias profundas y duraderas a distintos niveles. Fue una victoria aplastante de Israel frente a una coalición árabe. Israel capturó la Franja de Gaza y la península del Sinaí a Egipto, Cisjordania (incluida Jerusalén Oriental) a Jordania y los Altos del Golán a Siria. Medio millón de palestinos huyeron.
El último conflicto árabe-israelí será la guerra de Yom Kipur en 1973, que enfrentó a Egipto y Siria contra Israel y le permitió a El Cairo recuperar el Sinaí (entregado completamente por Israel en 1982), pero no Gaza. Seis años después, Egipto se convierte en el primer país árabe en firmar la paz con Israel, un ejemplo solo seguido por Jordania.
2. ¿Por qué se fundó Israel en Medio Oriente?
La tradición judía indica que la zona en la que se asienta Israel es la Tierra Prometida por Dios al primer patriarca, Abraham, y a sus descendientes.
La zona fue invadida en la Antigüedad por asirios, babilonios, persas, macedonios y romanos. Roma fue el imperio que le puso a la región el nombre de Palestina y que, siete décadas después de Cristo, expulsó a los judíos de su tierra tras combatir a los movimientos nacionalistas que perseguían la independencia.
Con el surgimiento del Islam, en el siglo VII después de Cristo, Palestina fue ocupada por los árabes y luego conquistada por los cruzados europeos. En 1516 se estableció la dominación turca que duraría hasta la Primera Guerra Mundial, cuando se impuso el mandato británico.
El Comité Especial de las Naciones Unidas sobre Palestina (UNSCOP, por sus siglas en inglés) aseguró en su informe a la Asamblea General del 3 de septiembre de 1947 que los motivos para que un Estado judío se estableciera en Medio Oriente se centraban en "argumentos basados en fuentes bíblicas e históricas", la Declaración de Balfour de 1917 en la que el gobierno británico se declara a favor de un "hogar nacional" para los judíos en Palestina y en el Mandato británico sobre Palestina.
Allí se reconoció la conexión histórica del pueblo judío con Palestina y las bases para reconstituir el Hogar Nacional Judío en dicha región.
Tras el Holocausto nazi contra millones de judíos en Europa antes y durante la Segunda Guerra Mundial, creció la presión internacional para el reconocimiento de un Estado judío.
Al no poder resolver la polarización entre el nacionalismo árabe y el sionismo, el gobierno británico llevó el problema a la ONU.
El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General aprobó un plan para la partición de Palestina, que recomendaba la creación de un Estado árabe independiente y uno judío y un régimen especial para la ciudad de Jerusalén.
El plan fue aceptado por los israelíes pero no por los árabes, que lo veían como una pérdida de su territorio. Por eso nunca se implementó.
Un día antes de que expirara el Mandato británico de Palestina, el 14 de mayo de 1948, la Agencia Judía para Israel, representante de los judíos durante el Mandato, declaró la independencia del Estado de Israel.
Al día siguiente Israel solicitó ser miembro de Naciones Unidas, estatus que finalmente logró un año después. El 83% de los miembros actuales reconocen a Israel (160 de 192).
3. ¿Por qué hay dos territorios palestinos?
El Comité Especial de las Naciones Unidas sobre Palestina (UNSCOP, por sus siglas en inglés), en su informe a la Asamblea General en 1947, recomendó que el Estado árabe incluyera "Galilea Occidental, la región montañosa de Samaria y Judea, con la exclusión de la ciudad de Jerusalén, y la llanura costera de Isdud hasta la frontera egipcia".
Pero la división del territorio quedó definida por la Línea de Armisticio de 1949, establecida tras la creación de Israel y la primera guerra árabe-israelí.
Los dos territorios palestinos son Cisjordania (que incluye Jerusalén Oriental) y la Franja de Gaza, que se encuentran a unos 45 km de distancia. Tienen un área de 5.970 km2 y 365 km2, respectivamente.
Cisjordania se encuentra entre Jerusalén, reclamada como capital tanto por palestinos como por israelíes, y Jordania hacia el este, mientras que Gaza es una franja de 41 km de largo y entre 6 y 12 km de ancho.
Gaza tiene una frontera de 51 km con Israel, 7 km con Egipto y 40 km de costa sobre el Mar Mediterráneo.
Originalmente ocupada por israelíes que aún mantienen el control de su frontera sur, la Franja de Gaza fue capturada por Israel en la guerra de 1967 y recién la desocupó en 2005, aunque mantiene un bloqueo por aire, mar y tierra que restringe el movimiento de bienes, servicios y gente.
Actualmente la Franja está controlada por Hamas, el principal grupo islámico palestino que nunca ha reconocido los acuerdos firmados entre otras facciones palestinas e Israel.
Cisjordania, en cambio, está regida por la Autoridad Nacional Palestina, el gobierno palestino reconocido internacionalmente cuya principal facción, Fatah, no es islámica sino secular.
4. ¿Nunca firmaron la paz palestinos e israelíes?
Tras la creación del Estado de Israel y el desplazamiento de miles de personas que perdieron sus hogares, el movimiento nacionalista palestino comenzó a reagruparse en Cisjordania y Gaza, controlados respectivamente por Jordania y Egipto, y en los campos de refugiados creados en otros estados árabes.
Poco antes de la guerra de 1967, organizaciones palestinas como Fatah -liderada por Yasser Arafat- conformaron la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y lanzaron operaciones contra Israel primero desde Jordania y luego desde Líbano. Pero estos ataques incluyeron también atentados contra objetivos israelíes en territorio europeo que no discriminaron entre aviones, embajadas o atletas.
Tras años de atentados palestinos y asesinatos selectivos de las fuerzas de seguridad israelíes, la OLP e Israel firmarían en 1993 los acuerdos de paz de Oslo, en los que la organización palestina renunció a "la violencia y el terrorismo" y reconoció el "derecho" de Israel "a existir en paz y seguridad", un reconocimiento que la organización islámica palestina Hamas nunca aceptó.
Tras los acuerdos firmados en la capital noruega fue creada la Autoridad Nacional Palestina, que representa a los palestinos ante los foros internacionales. Su presidente es elegido por voto directo y él a su vez escoge un primer ministro y a los miembros de su gabinete. Sus autoridades civiles y de seguridad controlan áreas urbanas (Área A según Oslo), mientras que solo sus representantes civiles -y no de seguridad- controlan áreas rurales (Área B).
Jerusalén Oriental, considerada la capital histórica por parte de los palestinos, no está incluida en este acuerdo.
Jerusalén es uno de los puntos más conflictivos entre ambas partes.
5. ¿Cuáles son los principales puntos de conflicto entre palestinos e israelíes?
La demora para el establecimiento de un Estado palestino independiente, la construcción de asentamientos de colonos judíos en Cisjordania y la barrera de seguridad en torno a ese territorio -condenada por la Corte Internacional de Justicia de La Haya- han complicado el avance de un proceso de paz.
Pero éstos no son los únicos obstáculos, tal como quedó claro en el fracaso de las últimas conversaciones de paz serias entre ambos grupos que tuvieron lugar en Camp David, Estados Unidos, en el año 2000, cuando un saliente Bill Clinton no logró un acuerdo entre Arafat y el entonces primer ministro israelí, Ehud Barak.
Las diferencias que parecen irreconciliables son las siguientes:
Jerusalén: Israel reclama soberanía sobre la ciudad (sagrada para judíos, musulmanes y cristianos) y asegura que es su capital tras tomar Jerusalén Oriental en 1967. Eso no es reconocido internacionalmente. Los palestinos quieren que Jerusalén Oriental sea su capital.
Fronteras y terreno: Los palestinos demandan que su futuro Estado se conforme de acuerdo a los límites previos al 4 de junio de 1967, antes del comienzo de la Guerra de los Seis Días, algo que Israel rechaza.
Asentamientos: Son viviendas, ilegales de acuerdo al derecho internacional, construidas por el gobierno israelí en los territorios ocupados por Israel tras la guerra de 1967. En Cisjordania y Jerusalén Oriental hay más de medio millón de colonos judíos.
Refugiados palestinos: Los palestinos sostienen que los refugiados (10,6 millones según la OLP, de los cuales casi la mitad están registrados en la ONU) tienen el derecho de regreso a lo que hoy es Israel, pero para Israel abrir la puerta destruiría su identidad como Estado judío.
6. ¿Es Palestina un país?
La ONU reconoció a Palestina como "Estado observador no miembro" a fines de 2012 y dejó de ser una "entidad observadora".
El cambio les permitió a los palestinos participar en los debates de la Asamblea General y mejorar las posibilidades de ser miembro de agencias de la ONU y otros organismos.
Pero el voto no creó al Estado palestino. Un año antes los palestinos lo intentaron pero no consiguieron apoyo suficiente en el Consejo de Seguridad.
Casi el 70% de los miembros de la Asamblea General de ONU (134 de 192) reconoce a Palestina como Estado.
7. ¿Por qué EE.UU. es el principal aliado de Israel? ¿Quién apoya a los palestinos?
Primero hay que considerar la existencia de un importante y poderoso cabildeo pro-Israel en Estados Unidos y el hecho de que la opinión pública suele ser favorable a la postura israelí, por lo que para un presidente quitarle el apoyo a Israel es virtualmente imposible.
De acuerdo a una encuesta encargada por la BBC el año pasado en 22 países, EE.UU. fue el único país occidental con una opinión favorable de Israel, y el único país de la encuesta con una mayoría de opiniones positivas (51%).
Además, ambas naciones son aliadas militares: Israel es uno de los mayores receptores de ayuda estadounidense y la mayoría llega en subvenciones para la compra de armamento.
Los palestinos no tienen el apoyo abierto de una potencia.
En la región, Egipto dejó de apoyar a Hamas, tras la deposición por parte del ejército del presidente islamista Mohamed Morsi, de los Hermanos Musulmanes –históricamente asociados con el grupo palestinos– mientras que Siria e Irán y el grupo libanés Hezbolá son sus principales apoyos y aunque su causa genera simpatía en muchos sectores, por lo general no se traduce en hechos.
8. ¿Por qué están peleando ahora?
Tras el colapso de las conversaciones de paz auspiciadas por Estados Unidos y el anuncio a comienzos de junio de un gobierno de unidad entre las facciones palestinas de Fatah y Hamas, considerado inaceptable por Israel, comenzó una escalada de violencia.
El 12 de junio tres jóvenes israelíes fueron secuestrados en Cisjordania y días después aparecieron asesinados. Israel culpó a Hamas y arrestó a cientos de miembros del grupo.
Esta semana Israel reconoció que no podía asegurar que el autor haya sido Hamas o una célula independiente.
Tras los arrestos, Hamas lanzó cohetes sobre territorio israelí e Israel lanzó ataques aéreos sobre Gaza.
El 2 de julio –un día después del entierro de los israelíes– un palestino de 16 años fue secuestrado en Jerusalén Oriental y asesinado. Tres israelíes fueron acusados y desde Gaza se incrementó el lanzamiento de cohetes hacia Israel.
El 7 de julio Hamas se atribuyó la responsabilidad por el lanzamiento de cohetes por primera vez en casi dos años, tras una serie de ataques aéreos israelíes en los que murieron varios miembros de su brazo armado.
Al día siguiente las Fuerzas de Defensa de Israel lanzaron la Operación Margen Protector contra los militantes de Hamas en la Franja de Gaza.
9. ¿Cómo justifica Israel la violencia y cómo los palestinos?
La decisión de dar luz verde a la fase militar en el terreno tiene, según Israel, un objetivo limitado: desarmar a los militantes palestinos y destruir los túneles construidos por Hamas y otros grupos con el objetivo de infiltrarse en Israel.
Israel quiere el fin de los lanzamientos de cohetes de Hamas contra territorio israelí, la mayoría de los cuales no impactan porque cuenta con el Domo de Hierro, un avanzado sistema antimisiles.
Israel dice que tiene derecho a defenderse y suele decir que cualquier Estado que se vea enfrentado a la realidad de convivir con un vecino que le lanza cohetes, reaccionaría como lo está haciendo, y culpa a Hamas de usar escudos humanos y de atacar desde zonas civiles en Gaza, algo que el grupo palestino niega.
Hamas asegura que lanza cohetes contra Israel como legítima defensa, en represalia contra la muerte de partidarios de Hamas a manos de israelíes y en el marco de su derecho a resistir la ocupación y el bloqueo.
10. ¿Qué tendría que ocurrir para que haya una oportunidad de paz duradera?
Los israelíes tendrían que apoyar un Estado soberano para los palestinos que incluya a Hamas, levantar el bloqueo a Gaza y las restricciones de movimiento en Cisjordania y Jerusalén Oriental.
Los grupos palestinos deberían renunciar a la violencia y reconocer el Estado de Israel.
Y se tendrían que alcanzar acuerdos razonables en materia de fronteras, asentamientos judíos y retorno de refugiados.
Sin embargo, desde 1948, año de la creación del estado de Israel, muchas cosas han cambiado, en especial la configuración de los territorios en disputa tras las guerras entre árabes e israelíes.
Para Israel eso son hechos consumados, para los palestinos no, ya que insisten en que las fronteras a negociar deberían ser aquellas que existían antes de la guerra de 1967.
Además, mientras en el terreno bélico las cosas son cada vez más incontrolables en la Franja de Gaza, existe una especie de guerra silenciosa en Cisjordania con la continua construcción de asentamientos judíos, lo que reduce, de hecho, el territorio palestino en esas zonas autónomas.
Pero quizás el tema más complicado por su simbolismo es Jerusalén, la capital tanto para palestinos como para israelíes.
Tanto la Autoridad Nacional Palestina, que gobierna Cisjordania, como el grupo Hamas, en Gaza, reclaman la parte oriental como su capital pese a que Israel la ocupó en 1967.
Un pacto definitivo nunca será posible sin resolver este punto. Otros podrían negociarse con concesiones, Jerusalén no.
Bbc.uk. 05/08/2014
http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/08/140801_israel_palestinos_conflicto_preguntas_basicas_jp.shtml

617. Reporte mundial HRW 2013: Desafíos para los derechos humanos después de la Primavera Árabe

Cómo construir democracias en las que se respeten los derechos después de la caída del dictador
Londres, Inglaterra. La euforia de la Primavera Árabe ha dado paso al complicado desafío de crear democracias en las que se respeten los derechos humanos, señaló hoy Human Rights Watch con motivo de la publicación de su Informe anual 2013. La voluntad de los nuevos gobiernos de respetar los derechos humanos determinará si estos levantamientos dieron lugar a una verdadera democracia o simplemente generaron nuevas formas de autoritarismo.
En el informe de 665 páginas, el vigésimo tercer examen de las prácticas de derechos humanos alrededor del mundo, Human Rights Watch resume los principales problemas en más de 90 países. Con respecto a los acontecimientos ocurridos en Oriente Medio y Norte de África, conocidos como la Primavera Árabe, Human Rights Watch dijo que la creación de un estado en el que se respeten los derechos humanos puede ser una labor minuciosa que exige desarrollar instituciones eficaces para la gestión de gobierno, establecer tribunales independientes, crear una policía profesional y resistirse a la tentación de las mayorías de prescindir de los derechos humanos y el estado de derecho. Sin embargo, la dificultad para establecer una democracia no justifica que se intente volver al antiguo régimen, señaló Human Rights Watch.
“Las incertidumbres de la libertad no son una razón para volver a la previsibilidad impuesta del régimen autoritario”, dijo Kenneth Roth, director ejecutivo de Human Rights Watch. “El camino por recorrer puede ser traicionero, pero la alternativa es condenar a países enteros a un sombrío futuro de opresión”. La tensión entre el gobierno de la mayoría y el respeto por los derechos humanos constituye quizá el reto más importante para los nuevos gobiernos, dijo Human Rights Watch. Es natural que los líderes de Oriente Medio estén ansiosos por ejercer este nuevo respaldo electoral, pero tienen el deber de gobernar sin sacrificar las libertades fundamentales ni los derechos de las minorías, las mujeres y otros grupos en riesgo.
Otros países pueden apoyarles sentando ejemplos positivos con sus propias prácticas, implementando modelos que respeten los derechos humanos, y promoviendo constantemente estos derechos en sus relaciones con el nuevo gobierno y otros interlocutores. Hacer la vista gorda a la represión puede ser conveniente en términos políticos, pero perjudica enormemente los intentos de establecer democracias en las que se respeten los derechos humanos, dijo Human Rights Watch.
Tres ensayos adicionales del Informe anual tratan sobre otras amenazas contra los derechos humanos. En uno se describe la necesidad de regular las actividades de las empresas en todo el mundo, especialmente en una era de globalización, con el fin de proteger los derechos de los trabajadores y de las personas afectadas negativamente por operaciones empresariales. En el segundo se señala que, en respuesta a las crisis ambientales, los gobiernos y otros actores se concentran frecuentemente en el daño a la naturaleza, y se olvidan del impacto sobre los derechos humanos de los que residen en las zona afectadas. En el tercer ensayo se subraya el uso de los argumentos de la “tradición” y el relativismo cultural para negar a las mujeres y las minorías derechos humanos que deberían ser universales.
En la introducción del informe, Human Rights Watch señala que la batalla en torno a la constitución de Egipto, quien sería probablemente el país más influyente de las regiones que están pasando por un proceso de cambio, demuestra la dificultad para proteger los derechos humanos. La constitución contiene algunos elementos positivos, como prohibiciones claras de la tortura y la detención arbitraria.
Sin embargo, las disposiciones descritas de manera general y vagas acerca de la expresión, la religión y la familia tienen implicaciones peligrosas para los derechos de la mujer y el ejercicio de las libertades sociales protegidas por el derecho internacional. La constitución también refleja un abandono aparente de los intentos de ejercer el control civil sobre las fuerzas armadas.
Entre los países árabes que han cambiado sus gobiernos, Libia es el mejor ejemplo de la problemática un estado débil, una consecuencia de las decisiones del Muammar Gaddafi de no desarrollar las instituciones de gobierno para desalentar amenazas contra su régimen. El problema es especialmente grave respecto al estado de derecho, dijo Human Rights Watch. Las milicias dominan muchas partes del país y, en algunas zonas, cometen graves abusos de impunidad. Mientras tanto, miles de personas siguen detenidas, algunas por el gobierno y otras por las milicias, con muy pocas posibilidades de que a corto plazo se formulen cargos contra ellos o se cuestione en los tribunales las pruebas que pesan sobre los detenidos.
En Siria, donde 60.000 personas han muerto durante los combates en curso, según la última estimación de las Naciones Unidas, las fuerzas gubernamentales han cometido crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, mientras que algunas fuerzas de la oposición también han llevado a cabo abusos graves, como actos de tortura y ejecuciones sumarias.
Una decisión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de remitir la situación en Siria a la Corte Penal Internacional constituiría una medida de justicia y ayudaría a frenar nuevas atrocidades y venganzas sectarias. Sin embargo, aunque muchos gobiernos dicen que apoyan esta medida, no han ejercido el tipo de presión pública sostenida que podría convencer a Rusia y China de que abandonen sus vetos y permitan la remisión del caso, dijo Human Rights Watch. También es necesario ejercer presión sobre la oposición armada siria para que defina y acate una visión del país en la que se respeten los derechos humanos de todas las personas.
Los derechos de la mujer son una fuente de polémica en muchos países a medida que los islamistas van cobrando poder electoral, señaló Human Rights Watch. Algunos de los que se oponen argumentan que este tipo de derechos son una imposición de los países occidentales, y son incompatibles con el Islam y la cultura árabe. Las leyes internacionales de derechos humanos no impide que las mujeres mantengan un estilo de vida conservador o religioso, siempre y cuando, ellas así lo desean. No obstante, los gobiernos imponen con demasiada frecuencia restricciones a las mujeres que buscan la igualdad o la autonomía. Decir que estos derechos son una imposición occidental no ayuda a ocultar la opresión local, sino que obliga a las mujeres a asumir un papel de supeditación.
“A medida que los gobiernos dominados por islamistas surgidos de la Primavera Árabe van echando raíces, es posible que ninguna cuestión defina mejor su conducta que su trato hacia las mujeres”, dijo Roth. Las expresiones consideradas transgresoras de ciertos límites provoca que los gobiernos se vean a menudo tentados a restringir los derechos de los demás. Las declaraciones que contienen críticas al gobierno, insultos a ciertos grupos u ofensas contra el sentimiento religioso están especialmente expuestas a esta situación. Según Human Rights Watch, en estos casos, el riesgo para la libertad de expresión es mayor en ausencia de instituciones fuertes e independientes que puedan proteger los derechos humanos. Los gobiernos también deben actuar con prudencia y respetar el derecho a disentir, criticar y expresar opiniones impopulares.
Los gobiernos pueden justificar restricciones de ciertas expresiones, como las usadas para incitar a la violencia. Sin embargo, también es importante controlar a los que usan la violencia para reprimir o castigar la expresión, dijo Human Rights Watch. Los infractores son aquellos que reaccionan violentamente a la expresión porque no están de acuerdo con su contenido: los funcionarios tienen el deber de detener la violencia, no de censurar el discurso ofensivo.
El problema de un gobierno de la mayoría sin restricciones no se limita al mundo árabe, señaló Human Rights Watch. Un ejemplo claro es el caso de Birmania, donde una dictadura militar afianzada durante muchos años dio paso a un gobierno civil reformista. No obstante, el Gobierno birmano se ha mostrado reticente a proteger a los grupos minoritarios del país o incluso a denunciar abiertamente los abusos contra ellos, en particular la persecución grave y violenta de la etnia musulmana Rohingya.
Human Rights Watch dijo que la transición de la revolución a una democracia en la que se respeten los derechos humanos está sobre todo en manos de la población del país que se somete al cambio, pero otros gobiernos pueden y deben ejercer una influencia significativa. Sin embargo, el apoyo occidental a los derechos humanos y la democracia en todo Oriente Medio ha sido incongruente cuando se interponen los intereses relacionados con el petróleo, las bases militares o Israel.
A la hora de exigir responsabilidades a funcionarios abusivos, dicha incongruencia alimenta los argumentos de los gobiernos represores de que la justicia internacional es selectiva y rara vez se aplica a los aliados de gobiernos occidentales; también menoscaba el valor disuasivo de la Corte Penal Internacional.
“Para que mejore la situación de los derechos humanos en una región que se ha resistido durante mucho tiempo al cambio democrático, los nuevos líderes de Oriente Medio tendrán que demostrar una determinación fundada en principios”, dijo Roth. “Y necesitarán el respaldo constante e inquebrantable de actores influyentes fuera de la región”.
HRW.org. 31/01/13

417. Human Rights Watch Informe Mundial 2012: Fortalecer el apoyo a la 'Primavera Árabe'

Los gobiernos deben defender los derechos, y no a los aliados que cometen abusos
El Cairo, Egipto. Son muchos los gobiernos democráticos que, en función de sus vínculos con aliados represivos, han mitigado su defensa de los derechos humanos en el marco de las protestas de la Primavera Árabe, señaló hoy Human Rights Watch en su Informe Mundial 2012. Por una cuestión de principios e intereses a largo plazo, los gobiernos deberían expresar su firme apoyo a las personas de Oriente Medio y África del Norte que reclaman sus derechos fundamentales y trabajar para asegurar la transición hacia democracias genuinas.
El informe de 676 páginas, que contiene el examen anual de Human Rights Watch sobre prácticas de derechos humanos en todo el mundo, resume los principales obstáculos a estos derechos en más de 90 países y refleja el exhaustivo trabajo de investigación llevado a cabo durante 2011 por el personal de Human Rights Watch. Acerca de los eventos en Oriente Medio y África del Norte, Human Rights Watch señaló que la manera más efectiva de ejercer presión para que los autócratas de la región pongan fin a los abusos y refuercen las libertades básicas es mediante el apoyo internacional firme y coherente a quienes se manifiestan de manera pacífica y a los críticos del gobierno. El compromiso con el respeto de los derechos humanos es además la forma más eficaz de ayudar a que los gobiernos populares se mantengan alejados de la intolerancia, el desorden y las represalias que pueden manifestarse en el seno mismo de la revolución y ponerla en riesgo, afirmó Human Rights Watch.
“Las personas que impulsan la Primavera Árabe merecen recibir un contundente apoyo internacional para poder ejercer sus derechos y construir democracias genuinas”, manifestó Kenneth Roth, director ejecutivo de Human Rights Watch. “La lealtad hacia socios autocráticos no debería impedir apoyar a quienes promueven reformas democráticas. También se necesita de la influencia internacional para asegurar que los nuevos gobiernos extiendan el reconocimiento de los derechos humanos y el imperio de la ley a todas las personas, especialmente mujeres y minorías”.
El Informe Mundial 2012 documenta violaciones de derechos humanos en todo el mundo, que incluyen transgresiones del derecho de guerra en Libia y Afganistán; la difícil situación de los presos políticos en Vietnam y Eritrea; el silenciamiento del disenso en China y Cuba; las restricciones a Internet en Irán y Tailandia; las ejecuciones por parte de miembros de las fuerzas de seguridad en India y México; los problemas vinculados con comicios en Rusia y la República Democrática del Congo; el maltrato de migrantes en Europa Occidental; las deficientes políticas de salud materna en Haití y Sudáfrica; la represión de la libertad religiosa en Indonesia y Arabia Saudita; las torturas en Pakistán y Uzbekistán; la discriminación contra personas con discapacidad en Nepal y Perú; y la detención de personas sin ningún tipo de proceso judicial en Malasia y por Estados Unidos.
Un paso positivo ha sido la adopción de un tratado internacional para proteger los derechos de los trabajadores del hogar, expresó Human Rights Watch. Los trabajadores del hogar están particularmente expuestos a abusos, y pese a ello muchos países los excluyen de las protecciones legales y otras garantías. El nuevo tratado garantiza los derechos fundamentales de millones de migrantes que trabajan en casas particulares como empleados del hogar o al cuidado de niños u otras personas.
La política occidental respecto a los países árabes ha sido tradicionalmente de contención, y ha apoyado a diversos autócratas árabes con el fin de garantizar la “estabilidad” en la región, incluso en momentos en que la democracia se consolidaba en otras partes del mundo. Human Rights Watch indicó que entre las razones por las cuales tantos gobiernos democráticos admiten una “excepción árabe” se incluyen el temor al islam político y el terrorismo, la necesidad de asegurar el suministro de petróleo y una política de larga data que depende de las autocracias para la preservación de la paz entre Israel y el mundo árabe, así como para ayudar a contener la migración hacia Europa.
“Los eventos del año pasado demuestran que el silencio impuesto a las personas que viven bajo regímenes autocráticos no debería haberse confundido con conformismo popular”, señaló Roth. “Es tiempo de poner fin a la ‘excepción árabe’ y reconocer que las personas de la región merecen que se respeten sus derechos y libertades al igual que cualquier otra persona”.
Las repercusiones de la Primavera Árabe se han sentido en todo el mundo, afirmó Human Rights Watch. Los líderes de China, Zimbabue, Corea del Norte, Etiopía, Vietnam y Uzbekistán parecen vivir permanentemente bajo el temor, ahora alimentado por estos antecedentes, de que sus gobiernos autocráticos sean derrocados por el pueblo. Pero incluso democracias como India, Brasil y Sudáfrica se han mostrado renuentes a apoyar el cambio. Al apelar a una visión obsoleta que asocia la promoción de los derechos humanos con el imperialismo e ignorar el apoyo internacional recibido históricamente cuando su propio pueblo reclamó el reconocimiento de tales derechos, a menudo estas democracias no se han expresado en el contexto de las Naciones Unidas a favor de las personas que son objeto de represión.
China y Rusia han adoptado una postura aun más obstruccionista y han vetado medidas del Consejo de Seguridad de la ONU destinadas a ejercer presión sobre Siria para que desista de la matanza de miles de manifestantes. La supuesta razón detrás de esta postura —evitar una intervención militar como ocurrió en Libia— pierde plausibilidad si se tiene en cuenta el contenido moderado de la resolución vetada, que en ningún caso podía interpretarse que autoriza la acción militar.
Human Rights Watch señaló que la comunidad internacional podría tener un rol trascendental en la promoción de democracias que favorezcan el respeto de los derechos humanos en Oriente Medio y África del Norte. En vez de negarse a apoyar la propagación del islam político, como sucedió en algunas ocasiones en el pasado, los gobiernos democráticos deberían reconocer que posiblemente el islam político represente la preferencia de la mayoría, manifestó Human Rights Watch. Sin embargo, la comunidad internacional debería insistir en que los gobiernos islámicos cumplan sus obligaciones internacionales de derechos humanos, especialmente las relacionadas con el respeto de los derechos de las mujeres y la libertad religiosa, al igual que cualquier otro gobierno.
Con respecto a Oriente Medio y África del Norte, Estados Unidos y la Unión Europea adoptaron una posición más firme frente a la represión en Libia y Siria, cuyos líderes se consideraban hostiles para Occidente, expresó Human Rights Watch. Pero no actuaron con igual contundencia frente al presidente de Egipto Hosni Mubarak, percibido como un baluarte de la “estabilidad” en la región hasta el momento en que su suerte estuvo prácticamente echada. No se pronunciaron en contra de la inmunidad del presidente de Yemen Ali Abdullah Saleh por su responsabilidad en la matanza de manifestantes —a pesar de que se sugirió que no habría consecuencias para nuevas muertes—, ya que se le considera un bastión frente a Al Qaeda en la Península Arábiga. Tampoco aplicaron presiones genuinas contra Bahréin cuando sofocó su movimiento democrático, para evitar herir la sensibilidad saudita, por temor a la influencia iraní y para intentar proteger una base naval estadounidense.
Estados Unidos y algunos aliados europeos podrían contribuir significativamente a la erradicación de la tortura en el mundo árabe al reconocer sus propios antecedentes de complicidad en torturas cometidas en el marco de la lucha contra el terrorismo. Los gobiernos occidentales deberían sancionar a los responsables de ordenar o facilitar torturas y poner fin al uso de garantías diplomáticas como excusa para justificar el envío de presuntos criminales a países donde pueden ser sometidos a torturas.
Los países miembros de la Liga Árabe, que históricamente se han defendido entre sí frente a cualquier crítica relativa a derechos humanos, han manifestado un compromiso más constructivo durante la Primavera Árabe, aseveró Human Rights Watch. La Liga Árabe apoyó las medidas de presión para poner fin a la represión de Gaddafi en Libia, aplicó sanciones contra Siria y envió a observadores como parte de un intento, hasta el momento infructuoso, por detener la matanza perpetrada en Siria por Bashar al-Assad. Contrariamente, la Unión Africana (UA) se ha mostrado cautelosa ante los sucesos de la Primavera Árabe, aun cuando la UA se creó supuestamente para defender la democracia y la libertad.
Los gobiernos de transición en Túnez, Libia y Egipto necesitan ayuda para revisar sus leyes represivas y consolidar instituciones de gobierno que fueron debilitadas y cuyo desarrollo fue obstaculizado deliberadamente por los regímenes autocráticos, principalmente las instituciones nacionales de justicia, indicó Human Rights Watch. Mientras que los miembros de las fuerzas de seguridad y los funcionarios gubernamentales no tengan una expectativa razonable de que podrán ser juzgados por su actuación indebida, difícilmente se resistirán a la posibilidad de recurrir al abuso, la violencia y la corrupción.
Esto también se aplica al rol complementario que desempeña la justicia internacional.
“Los gobiernos que respetan los derechos humanos deberían apoyar las iniciativas de justicia internacional independientemente de cualquier consideración política. Sería erróneo creer que al permitir que los países escondan los abusos cometidos en el pasado se evitarán del algún modo atrocidades en el futuro”, afirmó Roth. “A un año del comienzo de la Primavera Árabe, deberíamos defender con firmeza los derechos y las aspiraciones de las personas por sobre las arbitrariedades de los tiranos”.
Human Rights Watch.org. 22/01/12

151. "Esta revolución es por dignidad"

La épca del miedo ha terminado. Las sociedades árabes aspiran a la libertad que se les ha negado son La el fin del miedo a unos dictadores ajenos a las aspiraciones de libertad de unas sociedades mayoritariamente jóvenes.
Madrid, España. No es casual que el detonante fuera un suceso poderosamente metafórico. La historia de Mohamed Buaziz y su carrito de frutas ha dado la vuelta al mundo. El carrito de Buaziz, un joven de 26 años residente en Sidi Buzid (Túnez), fue confiscado por la policía. Ya le había ocurrido otras veces y con un pequeño soborno podía resolverlo. Pero cuando fue a quejarse, una funcionaria, Fadia Hamdi, le escupió a la cara. Eso, la humillación, fue lo que Buaziz no pudo soportar. Ese mismo día, 17 de diciembre de 2010, se prendió fuego.
La desgracia de Buaziz conmovió a sus vecinos y provocó una primera manifestación. La indignación se extendió rápidamente al país entero. Conviene resaltar aquí otro factor esencial e innovador de la revolución: Internet y las redes sociales. Cuando casi ningún medio informativo internacional había recogido aún la inmolación del frutero y las incipientes revueltas tunecinas, muchos jóvenes en un país tan lejano como Jordania habían adoptado ya la foto de Buaziz como avatar. La cadena de televisión catarí Al Yazira recogió el suceso porque uno de sus periodistas se enteró a través de Facebook.
Gracias al ciberespacio, los jóvenes árabes ignoraban las fronteras nacionales. El caso de Buaziz fue de inmediato asumido como propio por los vecinos argelinos. Y por los egipcios, muy sensibles desde el verano anterior. El 6 de junio de 2010, Jaled Said, de 28 años, fue detenido en Alejandría por dos policías de paisano que le golpearon hasta matarle, ante testigos. Varios jóvenes profesionales, bajo la cobertura del Premio Nobel de la Paz y dirigente opositor Mohamed el Baradei, crearon en Facebook un grupo llamado "Todos somos Jaled Said". En pocos días, el grupo congregó a cientos de miles de personas y se convirtió en el principal foco de oposición al régimen de Hosni Mubarak.
La llama prendió de forma fulminante. A principios de enero, grandes manifestaciones agitaban las principales ciudades de Túnez y Argelia. En Egipto, mientras, la revolución se preparaba con minuciosidad. Wael Ghoneim, ejecutivo comercial de Google y uno de los creadores de "Todos somos Jaled Said", contó semanas más tarde que él y sus compañeros dedicaron las primeras semanas de enero a ensayar manifestaciones en barrios periféricos, estudiando convocatorias inmediatas y formas de despistar a la policía.
Las revueltas magrebíes fueron generalmente interpretadas como protestas económicas. El presidente tunecino Zine El Abidine Ben Ali creyó que con una visita al hospital donde yacía el agonizante Buaziz (fallecido el 5 de enero) y con algunos subsidios para abaratar los alimentos bastaría para calmar los ánimos. Llevaba 24 años en el poder, había saqueado impunemente el país y estaba habituado a las llamadas revueltas del pan. Como el resto de los dictadores de la región, como los dirigentes y la opinión pública de los países más desarrollados, creía que la represión y el pan barato constituían formas infalibles de someter a las poblaciones árabes, ajenas a otra aspiración que ir sobreviviendo y sin capacidad para vivir en democracia.
Ese es otro elemento importantísimo: la propia sociedad árabe se sentía indigna y humillada. Tras la descolonización, no había conocido otra cosa que derrotas frente a Israel, dictaduras bochornosas, represión, atraso social, miedo. Y desprecio, mucho desprecio por parte del resto del mundo. Aparentemente, lo único que importaba de los árabes era el petróleo, el gas y la "estabilidad" bajo regímenes tan infames como mimados por Europa y Estados Unidos. Aunque resulte obvio, hay que recordar además que la islamofobia existe. Especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, los musulmanes quedaron bajo sospecha permanente. Un árabe medio no es más religioso que un estadounidense medio, pero su religión se asocia con el integrismo y el terrorismo. En la ecuación occidental, lo que no era una dictadura "moderada" (eufemismo de sumisión a Washington), era Al Qaeda o subversión proiraní. El cóctel de humillaciones, internas y externas, contenía todos los ingredientes.
Ahora, en 2011, el 68% de los árabes tienen menos de 30 años. Esta inmensa generación de muchachos y muchachas no conoció acontecimientos como la descolonización o la Guerra de los Seis Días, pero gracias a la televisión por satélite siempre estuvo en contacto con la cultura occidental. Vivieron el desastre de la invasión de Irak pero, además de sentir una intensa solidaridad con el sufrimiento de los iraquíes, quedaron marcados por una imagen de 2003: la de Sadam Husein, dictador todopoderoso, detenido en el sótano donde se ocultaba de forma miserable. Ese impacto visual les enseñó lo frágil que puede ser un tirano.
"No tenemos miedo", gritaban los manifestantes en Túnez. Ben Ali no logró que el Ejército asumiera tareas represivas. En sociedades tan estáticas como las árabes, donde la educación y el trabajo raramente sirven para prosperar porque lo que cuenta es pertenecer a la élite del poder o arrimarse a ella, el Ejército constituye el principal ascensor social. Entre los mandos militares abunda la gente de procedencia humilde. Eso, unido al servicio militar obligatorio, por el que cada familia tiene a alguien de uniforme, explica en gran medida el respeto mutuo entre Ejército y sociedad civil. También es cierto que los generales suelen optar por despedir a un dictador acabado antes que arriesgar sus privilegios en batallas inciertas. Por eso algunos dictadores prefieren tropas mercenarias, caso de Libia, o ejércitos pequeños e ineficientes, caso de Arabia Saudí.
Después de poner limitaciones adicionales al uso de Internet, después de cerrar escuelas y universidades, después de prometer que bajaría el pan y que no se presentaría a la reelección como presidente, Ben Ali no consiguió otra cosa que el recrudecimiento de las protestas y una inequívoca señal de despedida por parte de los militares. El 14 de enero cargó todo el dinero que cupo en las maletas y escapó a Arabia Saudí.
Para entonces, los jóvenes egipcios ya habían fijado la fecha de la insurrección: el martes 25 de enero, festivo porque era, irónicamente, el Día de la Policía. La magnitud de las manifestaciones del 25 de enero en El Cairo, Alejandría y otras ciudades sorprendió a los propios organizadores. Mientras la televisión pública emitía películas y programas sobre gloriosas hazañas policiales, la policía cargaba contra la multitud. Hubo cuatro muertos y más de 500 detenidos.
La espita de la furia estaba abierta. Para el viernes 28 se convocó una Jornada de la Ira que resultó asombrosa. Ese 28 de enero quedó claro que la caída de Mubarak era sólo cuestión de tiempo. Quizá nunca, en tiempos modernos, se registró una batalla tan dura y multitudinaria entre policía y manifestantes. Al caer la tarde, la policía había agotado ya los gases lacrimógenos y las balas de goma y empezaba a disparar fuego real. Mubarak ordenó al Ejército que interviniera y el jefe supremo de los militares, su viejo amigo el mariscal Mohamed Tantaui, respondió negativamente. La policía se retiró y las ciudades, bajo nubes de gas y sacudidas por tiroteos ocasionales, quedaron en manos de la gente.
Mubarak recurrió a los trucos clásicos del manual del dictador árabe. Bloqueó los teléfonos móviles e Internet. Prometió que su hijo Gamal, multimillonario y heredero designado, no se presentaría a las elecciones presidenciales. Prometió que tampoco se presentaría él. Subió el sueldo de los funcionarios. Delegó "poderes de negociación" en un nuevo vicepresidente, Omar Suleimán, jefe de los servicios secretos, y cambió al primer ministro. Bajo mano, reconvirtió a la policía política en bandas de saqueadores y matones, con la esperanza de que los egipcios se horrorizaran ante el caos y le aceptaran como mal menor.
El 11 de febrero, Hosni Mubarak, el hombre que desde 1981 garantizaba la "estabilidad" en Oriente Próximo y cooperaba en lo que hiciera falta con Israel, el presidente que en 2004 prometió que seguiría en el cargo mientras respirara, el gran amigo de Occidente, dimitió y escapó a escondidas a su residencia de Sharm el Sheij, junto al mar Rojo. Dejó a sus espaldas más de 300 cadáveres. El Ejército asumió el poder y garantizó que organizaría una rápida transición a la democracia. Hasta ahora, aunque mantiene el estado de excepción, no ha defraudado a los egipcios.
Lo que más sorprendió a la opinión pública internacional fue que en la plaza de Tahrir se mezclaran hombres y mujeres, laicos y religiosos, jóvenes y ancianos, en una convivencia armónica. Que a nadie se le ocurriera quemar una bandera estadounidense. Que apostaran por la resistencia pacífica. Que pidieran cosas como libertad, democracia y justicia. Los tópicos fallaban uno a uno.
Muchos siguen queriendo ver tras la revolución egipcia la amenaza de los Hermanos Musulmanes, la más influyente organización islámica en el planeta. Puede ser que acaben asumiendo el poder, pero su partido, Libertad y Justicia, ya está amenazado por dos escisiones, una juvenil y otra progresista, y su ideología básica es más conservadora y tolerante de lo que piensan los recelosos.
La caída de Mubarak fue la señal definitiva: los árabes podían alzar la cabeza, conquistar la dignidad y asumir su propio destino. Para desmentir que el despertar árabe tuviera raíces exclusivamente económicas, el 14 de febrero, a través de Facebook, chiíes y suníes del rico emirato de Bahréin convirtieron céntrica la plaza de la Perla en símbolo de su rechazo al absoluto control de la dinastía Al Jalifa sobre la política del emirato. Son de la familia Al Jalifa: el rey, el jefe del Gobierno (40 años en el poder) y 11 ministros.
El 24 de febrero, el Gobierno argelino dio el primer paso atrás ante la presión popular y acabó con 19 años de estado de excepción. El 26 de febrero comenzaron las manifestaciones en Omán, un pequeño reino que junto al vecino de enfrente, Irán, domina el vital estrecho de Ormuz. El mismo día, bautizado como Jornada de la Ira panárabe, hubo manifestaciones en Jordania, donde el rey Abdalá ya había tomado medidas preventivas (cambio de Gobierno, subvenciones a alimentos y gasolina), y en Irak, donde la policía mató a 12 personas.
En Yemen, un país pobre, dividido y al borde del abismo, las protestas contra el dictador prooccidental Ali Abdalá Saleh (32 años en el poder) habían comenzado ya el 27 de enero.
En Siria, paradigma de régimen represivo, en Arabia Saudí y en Irán, los conatos de revuelta han sido sofocados por el momento.
Queda Libia, donde otro dictador anciano, decidido a que el país entero le acompañe en su caída, pelea contra la Historia. De los sucesos de Libia, los más violentos hasta ahora en la cadena de "intifadas", se informa en otras páginas. La gran revolución por la dignidad árabe no ha hecho más que empezar.
Enric González. El País.com. 06/03/2011

135. General, Mediador, ...Casco Azul

Beirut, Líbano. Es un general. Pero es sobre todo un mediador. Alberto Asarta es el primer español que dirige una operación de Naciones Unidas. Está al mando de 12.000 soldados de 35 países que quieren acabar con décadas de hostilidades en Líbano. Setenta y dos horas con el hombre que debe devolver la esperanza a un pequeño Estado en cuyo territorio se baten los poderosos del mundo por persona interpuesta.
Hay gente que nace acojonada, pero yo no me encuentro entre ellos”, asegura con su proverbial aplomo el general Asarta. “Cuando España me ha requerido, nunca he dado un paso atrás. Cumplo órdenes y las hago cumplir. En este país soy el responsable de una misión de mantenimiento de la paz y exijo que mis cascos azules tengan tan claras sus obligaciones como yo las tengo. Que sean escrupulosos con las reglas de enfrentamiento, respeten las tradiciones y religiones de los libaneses, sean ejemplares. Estamos en Líbano para solucionar problemas, no para crearlos. Hemos venido a colaborar, no a combatir. Y si se tiene que montar un lío… se montará. Pero mientras, hay que seguir trabajando duro y sin arrugarse para evitarlo. La historia nos dice que en Líbano no vale la pena vivir acojonado”.
Alberto Asarta es un aragonés directo, echado para delante y con un físico poderoso producto de quinientos saltos en paracaídas, años de servicio en la Legión y kilómetros de maratones. A punto de cumplir los 60, aún sale a correr de madrugada rodeado de escoltas entre las alambradas que protegen esta base militar perdida en Naqoura, en el sur de Líbano. Proyecta la imagen del perfecto soldado. Le gusta cultivarla. Lleva las mangas de su uniforme de campaña arremangadas sobre los bíceps, las botas como espejos y la boina azul soldada al cráneo. Disfruta cuando se le define como un líder: “Para eso me he preparado toda mi vida”. Hijo y hermano de militares, tiene a gala haber sido formado en torno a valores que hoy suenan a trasnochados: disciplina, valentía, compañerismo, espíritu de sacrificio. Son su manual de estilo. Asarta es un conservador. Pero no un espadón nostálgico. Está más en la línea de los nuevos generales mediáticos estadounidenses. Diplomado en Estado Mayor, es un militar culto que se maneja en un buen inglés y francés y se define apolítico. “Como militar, represento el fiel de la balanza”. En ese sentido es difícil pillarle en un renuncio. Cuando le muestro el Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados del 7 de septiembre de 2006, donde queda escrito para la historia cómo Mariano Rajoy criticó la participación del Ejército español en esta misión en Líbano con reflexiones como la siguiente: “Hay que admitir con toda honestidad que las operaciones bajo mando de la ONU han sido un fracaso y en algún caso un desastre total”, y le pido su opinión al respecto, rechaza comentar esas palabras: “De política no hablo”.
–Pero usted es el responsable político de esta misión de Naciones Unidas…
–Mis cometidos implican estar en el nivel político, pero no soy un político. Soy un militar. Y cualquier cosa que diga se puede interpretar mal. Mi misión es dirigir la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para Líbano (Unifil) y aplicar la Resolución 1.701 del Consejo de Seguridad de agosto de 2006: monitorizar el cese de hostilidades con Israel, evitar acciones hostiles en nuestra área, ayudar a la población civil, apoyar el despliegue de las fuerzas armadas libanesas en esta zona del país hasta que se valgan por sí solas y establezcan una zona libre de armas entre la Línea Azul (la línea de retirada del Ejército israelí que funciona como límite con Israel y estamos demarcando) y el río Litani; desminar, reconstruir, auxiliar al Gobierno libanés (si nos lo pide) para que no entren armas en este territorio, intentar que las partes dialoguen… Debemos crear un entorno de seguridad y estabilidad que permita que se avance hacia un cese del fuego definitivo y poder comenzar un proceso de paz. Y para ello me relaciono con políticos. Les escucho e intento convencer de la necesidad de la paz. Nuestro papel es mediar. Las partes en conflicto nos han pedido que vengamos a ayudarles. Esa es nuestra legitimidad.
El momento donde es más palpable el trabajo de mediación de Asarta es en las reuniones del llamado Tripartito, que comparte cada mes con altos mandos israelíes y libaneses. Se trata del único canal de comunicación que estos dos países (que carecen de relaciones diplomáticas y nunca han rubricado el fin de las hostilidades que les han enfrentado 30 años) mantienen abierto. Los encuentros se celebran en tierra de nadie, en la Posición 1-32A de Naciones Unidas. Un lugar desolado, irreal y defendido por cañones del Ejército italiano, en el que no hay más señal de vida que un pequeño edificio desnudo cuyo tejado está guardado por tiradores de élite. Para llegar hasta aquí hay que franquear varios controles. El primero en llegar es Asarta. Su todoterreno avanza precedido por blindados del Ejército indonesio erizados de ametralladoras. Cuando desciende de su vehículo le rodea su equipo de protección personal, una docena de soldados de élite españoles. A continuación llegan los generales hebreos: jóvenes, uniformados con desenfado y con el subfusil al hombro; después, los libaneses, más maduros y hieráticos; mostacho árabe y boina negra. Asarta los recibe por separado. Se instalan en una mesa cuadrada en el interior de la casamata desnuda. Ni se miran. Asarta oficia de anfitrión. El ambiente adquiere la tensión de una cuerda de piano. Asarta define este foro como “militar y técnico; tratamos cuestiones como la demarcación de la Línea Azul y los posibles incidentes armados que se hayan producido en la zona y se ponen sobre la mesa los agravios. Este foro tiene un papel básico en la promoción del diálogo y la confianza entre las dos partes. Si están dispuestos a arreglar algunas de sus diferencias mediante el diálogo, habremos dado un paso hacia la normalización”.
Las deliberaciones del Tripartito tienen carácter secreto. Los generales libaneses exigen que abandonemos la reunión. Salimos. En ese momento surca el cielo como un relámpago un avión de combate israelí. Según Unifil, los reactores del Ejército hebreo violan a diario el espacio aéreo libanés en misión de reconocimiento. Los israelíes afirman que seguirán realizando esos vuelos mientras las milicias de Hezbolá no entreguen las armas. Y viceversa. “Los dos bandos tienen razón; las dos son violaciones de la 1.701”, reflexiona Asarta. “Ambas partes están obligadas a cumplir los acuerdos; somos testigos y árbitros, pero no podemos hacerles cumplir la resolución por la fuerza. No podemos evitar los vuelos israelíes ni podemos registrar las casas de los libaneses. Yo no he visto esos arsenales de Hezbolá de los que habla Israel. De lo que sí tengo constancia es de las violaciones aéreas. Y en el asunto de desarmar a las milicias, la responsabilidad no es nuestra, sino del Ejército libanés, y estamos dispuestos a ayudarles si lo solicitan”.
Alberto Asarta es el primer español al frente de una operación de mantenimiento de la paz de Naciones Unidas desde que se iniciaron en 1948 para observar el alto el fuego entre Israel y los países árabes. La comunidad internacional le ha investido con plenos poderes. Es jefe de la misión, representante del secretario general de la ONU y comandante de la fuerza. Mientras se desarrolla una misión de este tipo, los contingentes de cada país están bajo mando de Naciones Unidas a través del Force commander. Asarta (cuya candidatura fue propuesta por el Gobierno español y al que cada año Naciones Unidas debe confirmar al frente de la misión) está obligado a ser una mezcla de soldado, diplomático y árbitro. Un hombre bueno que aplique el palo o la zanahoria para evitar que la herida nunca cicatrizada entre Líbano e Israel se vuelva a abrir. Para lograrlo tiene a sus órdenes más de 12.000 soldados de 35 países. Una fuerza que incluye blindados, artillería, misiles, radares, fragatas y helicópteros. España cuenta con más de 1.000 hombres y mujeres en el Sector Este del país. Además, Asarta cuenta con un equipo de 1.000 civiles de 80 países y de una eficaz maquinaria de cooperación internacional para reconstruir las infraestructuras del sur de Líbano y reactivar su economía a través de proyectos de impacto rápido y microcréditos. Una estrategia ya practicada en otros países en conflicto, como Afganistán, para ganarse los corazones y las mentes de la población. La clave es que los libaneses no perciban a los cascos azules como un ejército de ocupación, sino como un ejército de paz. Lo explica Asarta: “No podemos ir contra Hezbolá por la sencilla razón de que es una formación legalizada, que forma parte del Gobierno y está reconocida por el propio presidente libanés como uno de los pilares de la defensa del país. Son una parte importante de la población entre la cual vivimos, tenemos que convivir con ellos, no podemos ir a contracorriente. Hay que lograr la confianza de la gente y que al mismo tiempo el Ejército libanés se vaya haciendo cargo de la situación”.
Asarta forma parte de la primera generación de oficiales españoles que salieron al mundo tras permanecer cuatro décadas encerrados por la dictadura franquista a cargo de la vigilancia del país. A comienzos de los noventa, cuando era un joven comandante, ya participó en la misión de pacificación de El Salvador. Después ocuparía destinos en rincones tan dispares como Bosnia, Estrasburgo, Argentina o Irak. En este último país, en abril de 2004, entraría en combate contra los islamistas del Ejército de Mahdi, que intentaban asaltar la base española que mandaba en Nayaf. La refriega se saldó con decenas de bajas iraquíes. Las imágenes de aquellos días muestran al zurdo Asarta, cubierto con casco y chaleco antibalas, abriendo fuego entre sacos terreros contra un enemigo invisible. Por aquella acción de guerra, el presidente Zapatero le premió, junto a cinco de sus soldados, con la Cruz al Mérito Militar con Distintivo Rojo. Cuando a lo largo de la conversación le recuerdo aquellas escenas terribles, zigzaguea entre el orgullo del soldado que ha ganado una batalla y la tristeza del que ha visto morir en el campo de batalla. “Nunca olvidaré aquellos días; los ataques de la insurgencia… Llamaba a mi mujer en España y le decía: ‘Nos están atacando de nuevo’. Y ella escuchaba las explosiones… Aguantamos bien. Era mi obligación. De vuelta a España estuve fastidiado. Son cosas que no te gusta ver. Que marcan. Creo que hicimos lo que teníamos que hacer y volvimos todos vivos. No tengo de qué arrepentirme. No fuimos a Irak a hacer la guerra. Pero al final las cosas se torcieron. Actuamos de acuerdo a unas reglas de enfrentamiento que eran muy restrictivas en el uso de la fuerza. Durante la batalla no disparábamos contra las ambulancias, aunque nos constara que estaban trasladando a combatientes; no disparábamos contra los que fingían estar muertos; no destruíamos edificios donde podía haber población civil aunque hubiera tiradores emboscados. Mis órdenes fueron defensivas. Teníamos unas reglas. Y si nos las saltábamos, podíamos acabar ante un tribunal”.
–¿Mató usted a alguien?
–Prefiero no pensarlo.
Suena la llamada a la oración desde una mezquita vecina al cuartel general de Unifil y se cuela al despacho del jefe, amplio, convencional y pobremente amueblado, como todo este complejo de Naciones Unidas que ha crecido desde unas tiendas de campaña en mitad de la nada hasta convertirse en un enorme complejo militar y logístico que cubre las necesidades de los 12.000 soldados desplegados al sur del Litani. El recinto está amurallado con bloques de hormigón. Frente al escritorio del Force commander, una fotografía de él mismo arrojándose en paracaídas en 1978 ocupa un lugar preferente. “Así no me olvido de dónde vengo. Que dios me libre de las moquetas. Los despachos pueden hacerte perder la cabeza”.
Asarta insiste en que es un hombre de acción. Feliz sobre el terreno. Ante una bota de tinto. O compartiendo un narguile, esa pipa oriental a la que se ha aficionado en Líbano. Le gusta mezclarse con sus soldados. Lo comprobaremos durante una visita a la zona de Marwahim, en el límite con Israel, donde un equipo de zapadores italianos limpia de minas el campo. Hay miles sembradas por el Ejército israelí tras su retirada. Deben localizarlas y destruirlas. Son pequeñas cajas de un plástico parduzco que se confunde con el terreno y ochenta gramos de explosivo en su interior. Su objetivo es mutilar. Retirarlas es un trabajo de alto riesgo. Asarta desciende de un salto de su helicóptero y los trata con afecto. Repite el mensaje que acostumbra: “Soy uno de los vuestros”.
En las distancias cortas, el general resulta un tipo sobrado, empático, campechano; con un abrazo de oso y una gran sonrisa, elementos que le son útiles en su relación con los jefes tribales. Sabe que debe ganarse su confianza. Cualquier paso en falso de las tropas de Unifil podría herir las susceptibilidades de los libaneses, enojar a las milicias y causar un estallido de violencia. Ese escenario de conflicto se produjo a comienzos del pasado mes de julio cuando el contingente militar francés (poco dado a las sutilezas) se extralimitó en sus funciones de vigilancia registrando domicilios con perros y tomando fotografías. Llovía sobre mojado. En esos mismos días, los partidarios de Hezbolá comenzaban a movilizarse en todo el país en contra de las investigaciones del Tribunal Especial de la ONU para Líbano, encargado de procesar y juzgar a los responsables del asesinato en 2005 del primer ministro sunita, Rafiq Hariri, en Beirut. Las investigaciones del tribunal sitúan a Hezbolá como responsable. Un revés contra la imagen que ha cultivado de ser la resistencia del Estado libanés contra el sionismo. De ser un valor nacional. La organización chiita no estaba dispuesta a beber el cáliz del descrédito. Y comenzó a desestabilizar todo el país. Hasta derribar al Gobierno el pasado enero. Por eso, cuando los soldados franceses se comportaron al sur del Litani más como guerreros que como guardianes de la paz, la respuesta de los lugareños fue inmovilizar sus patrullas, apedrear sus vehículos, herir a uno de sus hombres y sustraerle las armas. La situación se le estaba escapando a Unifil de las manos. Tres días después, Asarta se vio obligado a aplacar los ánimos durante una reunión con los líderes locales, a los que pidió disculpas. Iría aún más allá al día siguiente con una carta pública de dolor de los pecados por el comportamiento de sus soldados. La iniciaba con este sentido párrafo: “Como un hombre de paz; como una persona que ama profundamente a este pueblo, os dirijo estas palabras en un espíritu de total sinceridad desde lo más profundo de mi corazón”. Encaje de bolillos.
Hace un año, tras ser nombrado jefe de Unifil, un grupo de amigos regaló a Asarta un capote de matador con sus estrellas de general bordadas en la esclavina. Era una forma castiza de desearle suerte. La iba a necesitar. En este pequeño país atrapado entre Oriente y Occidente, entre los petrodólares saudíes y los iraníes, que se debate para mantener un precario equilibrio entre las 17 confesiones religiosas que lo forman, alberga a miles de refugiados palestinos y está a tiro de las posiciones israelíes de la División Galilea, han muerto desde 1975 más de 200.000 personas víctimas de los enfrentamientos. En 2006, durante los 34 días de guerra no declarada entre Hezbolá y el Ejército hebreo, murieron 1.500 libaneses y 120 judíos. Barrios enteros en los suburbios chiitas del sur de Beirut fueron arrasados por los ataques aéreos de Israel y 100.000 viviendas quedaron destruidas en el sur del país. En su campaña contra Hezbolá, el rodillo militar israelí borró del mapa puentes y carreteras, aeropuertos y centrales eléctricas. En Beirut son evidentes las huellas de los bombardeos en Dahiya, el suburbio chiita de la capital donde Hezbolá dirige hasta el tráfico. Y aún más aquí, en el sur, un territorio que sufrió durante dos décadas la ocupación por parte de Israel. Hezbolá, el Partido de Dios, monopolizó durante ese periodo la resistencia, el poder político y religioso y los servicios sociales. Esta formación sigue gobernando de facto este territorio de 2.500 kilómetros cuadrados y 700.000 habitantes rodeado por una precaria frontera de 121 kilómetros con Israel. Su población recibió el pasado octubre al presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, como a su líder natural. “Este es un tablero con blancas y negras, pero al mismo tiempo hay otros jugadores que juegan en el mismo tablero partidas simultáneas”, analiza Asarta. “Y su juego influye y confluye en este territorio. Hoy se puede iniciar un conflicto en Líbano al margen de los dos países que juegan la partida principal y por eso nuestra misión se desarrolla en un contexto más amplio que el área de operaciones sobre el que tenemos autoridad. Lo que ocurra en Palestina, Egipto, Irán, puede afectar a la frágil situación de Líbano. Y esa coyuntura crea una enorme inestabilidad en nuestra misión. Aquí se dilucidan intereses que no son precisamente los del pueblo libanés”.
Cruzar el sur de Líbano desde Naqoura hasta Marjayoun, donde está localizada la base Cervantes, que concentra al contingente español, permite sumergirse en el feudo de Hezbolá. Cada pueblo que atravesamos fue machacado por los bombardeos israelíes en 2006. Los aún visibles impactos de la artillería contrastan con nuevos palacetes y pequeños negocios financiados por las remesas del exterior y la cooperación internacional que han surgido en estos cuatro años de paz. A la entrada de cada poblado nos reciben enjambres de banderas amarillas de Hezbolá adornadas con Kaláshnikov, los retratos de los jóvenes kamikazes islámicos y las imágenes de Jomeini; las plazas de Tibnin, Tulin, Markaba o Ett Taibe están decoradas con piezas de armamento sustraído al invasor israelí. Todo remite a la guerra. Es imposible tomar imágenes. Hezbolá no lo permite. En los puntos estratégicos de nuestro recorrido se distinguen grupos de jóvenes barbudos con motocicletas y móviles vigilando los movimientos de los vehículos. Muchas mujeres visten chador. En El Adeisseh todavía se aprecian las ruinas de un puesto del ejército bombardeado por los israelíes en agosto tras un enfrentamiento en la Línea Azul que se saldó con cuatro muertos. Pero donde mejor se escenifica la tensión entre Líbano e Israel es en Kafer Kela, a unos pocos metros de la localidad israelí de Metulla. Aquí los soldados de ambos bandos se ven las caras a diario; se escupen, insultan, apuntan con sus armas. “Un detalle absurdo puede provocar un tiroteo, y eso puede llevar a una guerra”, describe Asarta. “Hay que prestar muchísima atención a la Blue Line. Una de nuestras preocupaciones es evitar esos incidentes que pueden desembocar en miles de muertos”.
Unos pocos kilómetros antes de llegar a Marjayoun, un humilde monolito en una carretera sin nombre recuerda a los seis soldados españoles que murieron en este punto a causa de un atentado el 24 de junio de 2007. Sigue sin conocerse la autoría. Fue reivindicado por Fatah al Islam, un grupo terrorista suní vinculado a la red Al Qaeda y enemigo de Hezbolá. ¿Quién mató a los españoles? Nadie parece saberlo. En Líbano todo es posible. La guerra está enquistada. Y muchos piensan que el trabajo de Unifil es otro parche de la comunidad internacional. Asarta no es de esa opinión. Inveterado optimista, ha acuñado un reclamo publicitario para este territorio martirizado por 30 años de guerra y que él cree que algún día podrá vivir en concordia: “Si buscas la paz, vente al sur”.
Jesús Rodríguez. El País.com. 20/2/2011

Revista Conexión Social

Universidad Autónoma de Zacatecas presenta: Panel sobre el Día Internacional de la Paz

Consejo de Valores Nuevo León y Cultura de Paz y No Violencia Monterrey

Cultura de Paz y Mediación de José Benito Pérez Sauceda

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Cultura de Paz y No Violencia Monterrey

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Cultura de Paz y No Violencia Monterrey. Juntos, Podemos hacer la Paz, Podemos Ser la Paz. Creador/Coordinador: José Benito Pérez Sauceda; *Pintura de la cabecera: Pérez Ruiz.
Cultura de Paz y No Violencia Monterrey desde 2010.

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